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Lucas 5, 12-16
En aquel tiempo, estando Jesús en un poblado, llegó un leproso, y al ver a Jesús, se postró rostro en tierra, diciendo: "Señor, si quieres, puedes curarme". Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: "Quiero. Queda limpio". Y al momento desapareció la lepra. Entonces Jesús le ordenó que no lo dijera a nadie y añadió: "Ve, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que Moisés prescribió. Eso les servirá de testimonio".
Y su fama se extendía más y más. Las muchedumbres acudían a oírlo y a ser curados de sus enfermedades. Pero Jesús se retiraba a lugares solitarios para orar.
Ven, Espíritu Santo, luz divina que iluminas los corazones, abre hoy mi mente y mi corazón a tu presencia de amor.
Hazme contemplar a Jesús, que mira con ternura a la multitud cansada y hambrienta; que su compasión me toque, me transforme y me impulse a vivir con un corazón semejante al suyo.
Señor Jesús, Maestro y Pan de Vida, enséñame a mirar como tú miras, a detenerme ante las necesidades de los demás, a ofrecer sin miedo el poco pan que tengo, sabiendo que en tus manos todo se multiplica.
DEL EVANGELIO DE SAN MARCOS 6, 34-44
En aquel tiempo, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.
Cuando se hizo tarde, se acercaron sus discípulos a decirle:
«Estamos en despoblado y ya es muy tarde. Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer».
Él les replicó:
«Dadles vosotros de comer».
Ellos le preguntaron:
«¿Vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?».
Él les dijo:
«¿Cuántos panes tenéis? Id a ver».
Cuando lo averiguaron, le dijeron:
«Cinco, y dos peces».
Él les mandó que la gente se recostara sobre la hierba verde en grupos. Ellos se acomodaron por grupos de cien y de cincuenta.
Y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran. Y repartió entre todos los dos peces.
Comieron todos y se saciaron, y recogieron las sobras: doce cestos de pan y de peces.
Los que comieron eran cinco mil hombres.
Ven, Espíritu Santo, y enséñanos a orar con confianza.
Hoy, al comenzar la oración, contemplamos a Jesús que inicia su vida pública en Galilea, tierra de frontera y mezcla de pueblos. Allí, donde parecía difícil que naciera algo nuevo, brilla una gran luz. Su primera palabra es clara y esperanzadora: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos».
Entremos en esta oración pidiendo la gracia de abrir el corazón a la luz de Cristo, que disipa nuestras sombras y nos invita a vivir en conversión y esperanza.
Señor Jesús, al iniciar este año, nos llamas a un comienzo nuevo. Danos un corazón dócil para dejarnos iluminar por tu presencia y seguirte en la vida diaria, anunciando tu amor y haciendo el bien.
DEL EVANGELIO DE SAN MATEO: 4, 12-17.23-25
En aquel tiempo, al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea.
Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».
Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el Evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
Su fama se extendió por toda Siria, y le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores: endemoniados, lunáticos y paralíticos. Y él los curó.
Y lo seguían multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania.
Ven, Espíritu Santo, ilumina nuestra mente y enciende nuestro corazón.
Hoy celebramos la Epifanía del Señor, la manifestación de Jesús como luz para todas las naciones. Los Magos, guiados por la estrella, nos enseñan a ponernos en camino, a buscar con corazón abierto y a adorar al Niño con lo mejor de nuestra vida. Al iniciar esta oración, pidamos la gracia de dejarnos guiar por la luz de Cristo y de reconocer su presencia en lo pequeño y en lo sencillo, donde Él se revela.
Señor Jesús, luz para todas las naciones, hoy te buscamos con los Magos y nos postramos ante Ti. Guíanos por tu estrella hasta ofrecerte lo mejor de nuestra vida.
DEL EVANGELIO DE SAN MATEO 2, 1-12
“Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:
«¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».
Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.
Ellos le contestaron:
«En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta:
“Y tú, Belén, tierra de Judá,
no eres ni mucho menos la última
de las poblaciones de Judá,
pues de ti saldrá un jefe
que pastoreará a mi pueblo Israel”».
Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles:
«Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.
Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
Y, habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino”.
Padre lleno de bondad, en este segundo domingo después de Navidad te adoramos, te alabamos y te bendecimos porque tu Palabra se hizo cercana.
La liturgia nos regala nuevamente el prólogo del Evangelio de san Juan: un himno profundo que nos invita a contemplar el misterio de la Palabra hecha carne. El mismo Dios que estaba en el principio, luz y vida del mundo, ha puesto su morada entre nosotros. La Palabra se hizo Luz en la noche de la humanidad.
Espíritu Santo, abre nuestra casa y nuestro corazón para acoger a Jesús, vivir como hijos y reflejar su luz en lo cotidiano.
DEL EVANGELIO DE SAN JUAN 1, 1-18
«En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios,
y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan:
éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
En el mundo estaba;
el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.
Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.
Pero a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio poder de ser hijos de Dios.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne,
ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer».
Ven, Espíritu Santo, y haznos dóciles a tu voz.
Señor Jesús, al iniciar este día volvemos la mirada hacia Ti. Danos un corazón sencillo para reconocerte, recibir tu perdón y dejarnos bautizar de nuevo por tu Espíritu en la vida cotidiana.
Hoy el Evangelio nos presenta a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el que bautiza con Espíritu Santo. Juan el Bautista lo señala con humildad y con claridad, invitándonos a fijar la mirada en Él.
Al iniciar la oración, dejemos que esta proclamación resuene en nuestro corazón: Jesús es el que nos libera del mal, el que trae la paz y la reconciliación, el que nos llena de vida nueva.
DEL EVANGELIO DE SAN JUAN 1, 29-34
«Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
“Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: ‘Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo’. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel”.
Y Juan dio testimonio diciendo:
“He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios”».
Espíritu Santo, abre nuestro corazón a la Palabra de Dios.
Señor Jesús, al comenzar este segundo día del año, tu Palabra nos presenta a Juan el Bautista, humilde testigo que clama en el desierto: «Allanad el camino del Señor». Él no se anuncia a sí mismo, sino que señala al que viene: Cristo, el Cordero de Dios. En este tiempo de Navidad, su ejemplo nos anima a vivir con sencillez y a reconocer en Ti nuestra verdadera luz y esperanza.
Espíritu Santo, concédenos claridad interior y prontitud para preparar el camino del Señor en nuestra vida y en nuestra comunidad.
DEL EVANGELIO DE SAN JUAN 1, 19-28
«Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a que le preguntaran:
“¿Tú quién eres?”
Él confesó y no negó; confesó:
“Yo no soy el Mesías”.
Le preguntaron:
“¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?”.
Él dijo:
“No lo soy”.
“¿Eres tú el Profeta?”.
Respondió:
“No”.
Y le dijeron:
“¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?”.
Él contestó:
“Yo soy la voz que grita en el desierto: ‘Allanad el camino del Señor’, como dijo el profeta Isaías”.
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron:
“Entonces, ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?”.
Juan les respondió:
“Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia”.
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan estaba bautizando».
JUEVES. OCTAVA DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR.
SANTA MARÍA MADRE DE DIOS, solemnidad
MOTIVACIÓN
Santa María, Madre de Dios, comienza con nosotros este año nuevo. Enséñanos a contemplar a Jesús y a guardarlo en el corazón. Tómanos de la mano para acoger la vida con fe, caminar confiados en la providencia del Padre y dejarnos guiar por la luz de Cristo, Príncipe de la paz.
En esta Jornada Mundial de la Paz, queremos iniciar el año con un corazón agradecido, abierto a la esperanza y dispuesto a ser instrumento de reconciliación y ternura en el mundo. Señor, que tu Nombre bendiga nuestros días y tu paz habite siempre en nuestros hogares.
DEL EVANGELIO DE SAN LUCAS 2, 16-21
«En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción».
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