En su reposo. 10/01/2023. T24. E39.
"Hazme saber, Jehová, mi fin, y cuánta sea la medida de mis días; sepa yo cuán frágil soy".
Cuánto cambian las posturas cuando tenemos la perspectiva correcta.
Suele ocurrir que por orgullo, por autocompasión o incluso simplemente por necedad, olvidamos quiénes somos y quién es Dios.
Y aunque sabemos que hay una gran diferencia entre él y nosotros, perdemos la perspectiva al querer ponernos a su altura.
La oración de David en este salmo, y específicamente en este versículo, es un ejemplo que debemos seguir para recordar dónde estamos parados en relación al Señor.
En otras palabras: "ubícame".
Por si se nos olvida, por si lo queremos negar, por si nos ciega el orgullo. Pidámosle al Señor que nos ayude a recordar la verdad del lugar que ocupamos en el universo.
¿Qué es lo que tenemos que recordar?
"mi fin", "la medida de mis días", "cuán frágil soy". Son tres frases que aparecen en este versículo.
A veces olvidamos que tenemos un fin, un límite, que nuestra vida en la tierra terminará tarde o temprano, que todos vamos a morir y no podremos escapar de esta verdad.
Hay una medida establecida desde la eternidad para nuestros días en la tierra, y nada de lo que hagamos podrá añadir un solo día más a nuestra existencia en este mundo.
Y si olvidamos esto, con mucha mayor razón olvidamos que somos frágiles.
Lo olvidamos porque no queremos reconocerlo, porque no nos gusta sentirnos frágiles, débiles, dependientes.
Nuestra naturaleza pecaminosa nos hace querer ser independientes, libres de toda regla y de toda ley, y en nuestra vanidad nos creemos suficientes para hacer de nuestra vida lo que queremos.
Pero la verdad es que somos frágiles, como la sombra, que la más pequeña y tenue luz la hace desaparecer.
Somos nubes, pasto, marea. Somos nada; y solo cuando lo entendemos es posible dimensionar la grandeza de la misericordia de Dios.
Solo entonces podemos reconocer y agradecer el don inmerecido del perdón, de la salvación y de la vida eterna que nos otorga sin un solo acto digno de nuestra parte, porque, somos menos que nada.
Así, al reconocer esta poderosa verdad, tendremos la perspectiva correcta. No somos nada, pero lo tenemos todo, no por nuestras buenas acciones, sino por su infinita misericordia.
Al aceptarlo, evitaremos la soberbia y el orgullo, nos mantendremos dependientes de esa gracia y comprometidos con una vida que demuestre nuestro agradecimiento por tan inmerecido regalo.
Que así sea para la gloria de nuestro bendito Salvador.