A los 79 años fallecía uno de sus feligreses. El Pastor recordaba con cariño la primera vez que lo había invitado a la iglesia, cuando recién se habían mudado al vecindario. En los últimos años había estado atrapado en su propio cuerpo a causa de una enfermedad grave, pero aún así había seguido sonriendo, como lo hacen quienes, por la fe, saben que la muerte no es la puerta de entrada al cielo.