No fuimos nosotros los que nos reconciliamos con Dios, sino que Dios nos reconcilió consigo mismo. La iniciativa procede de lo alto y del exterior del ser humano y está dirigida a la humanidad. Y Dios quiere que tú y yo aceptemos esta reconciliación. Y esta aceptación es por la fe. Y nos arrodillamos a los pies de la cruz y respondemos a Dios diciendo: “Sí, yo acepto esta reconciliación”.