Compararte con otra persona, posiblemente no puedas evitarlo cuando miras a otros, y eso te lleva inevitablemente a dos situaciones: sentirte en una posición de inferioridad o sentirte en una posición de superioridad frente al otro, y te aseguro que ninguno de los dos sentimientos tiene consecuencias buenas para uno mismo.
Todo empieza cuando desde pequeño comienzan a compararte con los demás: tú hermano, tu primo, el hijo de María… Incluso es posible que tú fueras el objeto de admiración de las demás mamás, vecinas, maestros, y que sus hijos sufrieran las consecuencias de no poder alcanzar ese ideal que representabas. De una u otra forma, así nace la mala costumbre de vivir tu vida comparándola con la de otros, en unos casos sintiéndote inferior y en otros creyéndote mejor que los demás.
Conforme vas creciendo, te vas olvidando de ti, de tus verdaderas motivaciones y deseos. Es como si para saber si tu vida es satisfactoria, si vas bien vestido, si tu trabajo es bueno, etc., necesitaras medirte con otras personas y solo a partir de esa comparación fueras capaz de saber cuál es tu grado de felicidad y satisfacción contigo mismo.
Empiezas a anhelar las cualidades, habilidades o la vida de otros y que tu consideras “ideales”. Así es como dedicas gran parte de tu tiempo a intentar conseguir ese ideal que el otro tiene, sin tener en cuenta quién eres tú realmente, tus habilidades, tus dones y las cosas buenas que ya tienes. O al contrario, necesitas continuamente hacer y tener cosas para sentirte superior , exigiéndote cada vez ser más perfecto y mantener esa “superimagen”.
Sea cual sea tu caso, lo triste es que pierdes tu centro y tu propio criterio, y al final solo puedes saber de ti comparándote con otro.