Este mensaje nos confronta con una verdad profunda: no basta con tener comunidad, necesitamos intimidad con Dios. Así como Jesús buscó apoyo en sus discípulos en Getsemaní (Mateo 26:37-39), nosotros también necesitamos correr hacia personas que oren, pero sobre todo, aprender a correr hacia Dios.
El problema no es que Dios no hable, sino que nosotros no estamos escuchando. El Creador del universo está constantemente comunicándose, pero nuestros afanes, distracciones y prioridades terrenales hacen “corto circuito” en nuestra relación con Él. Como Marta, vivimos ocupados en muchas cosas, cuando una sola es necesaria (Lucas 10:41-42).
Muchos creyentes no desarrollan una disciplina real de oración, y eso debilita su vida espiritual. La oración no es una penitencia religiosa, sino un deleite de intimidad, como la relación entre esposo y esposa. Sin oración no se avanza, no se sostiene un ministerio, y se pierde sensibilidad espiritual.
Dios revela sus secretos a los que le temen (Salmo 25:14). No tiene favoritos, tiene íntimos. Orar es abrir espacio, entrenar la mente, rendir el corazón y permitir que el cielo se conecte con la tierra. La oración es misterio, pero también es el puente más poderoso entre el corazón humano y el corazón de Dios.