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Amasías tenía veinticinco años cuando ascendió al trono, y reinó en Jerusalén veintinueve años. Su madre era Joadán, oriunda de Jerusalén. Amasías hizo lo que agrada al Señor, aunque no de todo corazón.
Mató a los que habían asesinado a su padre. Según lo que ordenó el Señor, no mató a los hijos de los asesinos, pues está escrito en el libro de la ley de Moisés:
«A los padres no se les dará muerte por la culpa de sus hijos, ni a los hijos se les dará muerte por la culpa de sus padres, sino que cada uno morirá por su propio pecado».
Además, contrató a cien mil guerreros de Israel.
Pero un hombre de Dios fue a verlo y le dijo: —Su Majestad, no permita que el ejército de Israel vaya con usted, porque el Señor no está con ellos. Si usted va con ellos, Dios no.
Amasías preguntó: —¿Qué va a pasar con lo que pagué al ejército de Israel?
—El Señor puede darle a usted mucho más que eso —respondió.
Entonces Amasías dio de baja a las tropas israelitas. A raíz de eso, las tropas se enojaron mucho con Judá y regresaron furiosas a sus casas.
Armándose de valor, Amasías guió al ejército hasta el valle de la Sal, donde mató a diez mil hombres de Seír. Todos murieron destrozados.