Ayer trasplanté mi planta de la terraza. Estaba descolorida, apática y "hojicaída" (no estoy seguro de que exista el término en la RAE). Hacía meses que no crecía. No se desarrollaba, y lo que es peor, no parecía que le hiciese ilusión hacerlo.
Estaba por estar, ocupando el espacio que le había sido asignado por las manos del sistema y cumpliendo, escrupulosamente, eso sí, con el proceso de fotosíntesis natural para lo que fue educada pues el temor de ser denostada por la generalidad de las de su especie se ve que era superior al de su propio Ser. Si os digo la verdad, no sé ni como tenía fuerza para hacerla; con lo complejo que tiene que ser el proceso de consumir C02 y soltar 02... Yo, nunca he sido capaz, la verdad. Hmm, seguramente no lo haya intentado con la determinación suficiente.*
A pesar de haberse sentido especial, y haber gozado al alcanzar el máximo objetivo vital que se le presume a una planta común de la clase baja de las plantas que aspira a transformarse en planta de clase media, vèase: conseguir una residencia en una terraza soleada del centro de la parte más burguesa de la ciudad, estar fuertemente protegida de las inclemencias meteorológicas, ausencia de depredadores y plagas, recibir luz solar 8 horas al día, tierra fértil, tiesto de diseño y hasta tener tiempo libre por las tardes después de irse el sol (claro) para poder hacer lo que quisiera (y hasta 25 días de vacaciones al año más fines de semana. De lujo, vamos.!), daba (y me daba) pena...