El 18 de noviembre de 2004 amaneció como cualquier jueves de primavera: con el olor tibio del jacarandá, con micros amarillas rugiendo por la Alameda y la cordillera coronando los límites de Santiago. Pero bajo esa normalidad cotidiana, Chile estaba a punto de dar un salto histórico largamente postergado. Ese día, después de décadas de debates, silencios, resistencias y esperas, entró finalmente en vigor la nueva Ley de Matrimonio Civil, que por primera vez legalizaba el divorcio en el país. A comienzos del siglo XXI, Chile, uno de los últimos países del mundo occidental en no tener divorcio, abría oficialmente esa puerta.