Trazar palabras sobre el papel: un bien cada vez más escaso. La pulsión corporal sujeta a la página en blanco. Cualquier superficie vale: la primera hoja del cuaderno recién comprado, una servilleta, un ticket de compra… Y luego están las excusas para abandonar ese hábito: preservar la naturaleza, cuidar los eucaliptos de los montes; ahorrar, en definitiva, papel. Seguir las recomendaciones. Pero en un tiempo en que cada acto humano es registrado, automatizado, «pasado por máquinas», me resulta cada vez más gratificante escribir a mano. Cualquier bolígrafo, cualquier lápiz viejo sirve. Cualquier superficie libre de palabra. Margaret Atwood tenía razón cuando decía: «Debes ver la escritura como si brotara un largo pergamino de tinta del índice de tu mano derecha; debes imaginar que tu mano izquierda lo borra».
Hay una extraña vibración, una conexión casi mágica entre el cerebro y esa mano que da forma a palabras que se forjan en la mente como un meteorito. Últimamente, escribo muchos poemas inacabados, incipientes, de una sola línea. Muchos se han perdido… El otro día garabateé: Desamor. Cuando ser era suficiente. En aquel salón —el humo, el olor agrio de la cerveza—, tú eras.
El hábito de escribir
Hay mucha magia en el ser humano. Mucha incomprensión también. Escribir o no escribir. Perder el hábito. Llenar folios de palabras ilegibles. No somos tan diferentes de nuestros ancestros cuando, a tientas, en la oscuridad de una cueva, imprimían manos teñidas de sangre animal sobre paredes inescrutables con el fin de dejar un legado, una rémora de su existencia. Trascender el presente: ese también era un instinto.
El hábito de escribir se parece mucho al hábito de sentir. Si las palabras desaparecieran, la vida perdería el sentido. ¿Cómo dar forma a lo vivido?
Desde que a mi perro le aterroriza el viento, lo odio. Los árboles no han dejado de sacudir sus coronas otoñales durante toda la noche y bien entrada la mañana. Todavía ventean mientras escribo estas líneas; habito el tiempo, este cuarto. Invierno de viento sur es un no-invierno. Arrasa la nieve de los Picos de Europa, arrasa el frío y el deseo de cobijo. Cuando el viento pare, la lluvia hará acto de presencia. Una buena excusa para permanecer en casa, seguir escribiendo.
Siri no deja de sugerirme en el móvil la aplicación Notas, donde comencé a escribir el relato de los murciélagos y la mujer que ha heredado el ático. ¿Recordáis? La nota se titula Atajo. La belleza de lo eterno. Dos concepciones opuestas. Me pregunto si es una señal del destino y debo retomar el relato. O es una trampa de la máquina empeñada en destruir el albedrío.
No he vuelto a tocar el texto desde hace semanas. Empieza así: «Lo obscuro del mirar busca el vampiro en el cuerpo; el escenario inamovible del ático o, lo que es lo mismo, la parálisis del poema teme la indolencia del mundo». Desde luego es el germen de algo. ¿Demasiado poético? Me pregunto por qué siempre tiendo a la poesía en mis textos, a la musicalidad; es peligroso para la coherencia narrativa. Pero también es inevitable para mí. Luego podaré el texto como un jardinero. Posdata: siempre he tenido miedo a los jardineros.
Me he dicho que el relato será un texto experimental y así debe seguir siendo. Siri lo ha vuelto a hacer. Me sugiere la aplicación Notas, justo en el inicio del texto. Desea que mis pensamientos pasen por máquina. Pero hoy escribiré a mano.
Decía en el episodio anterior que iba a hablar de El Sr Fox, la novela de la autora estadounidense Joyce Carol Oates. La novela que resucitó mis ganas de leer después de sufrir una crisis lectora. La historia en torno a Francis Fox: un carismático profesor en un internado de élite— cuya imagen pública como docente respetado oculta un pasado oscuro de abusos hacia menores.
Oates, prolífica y valiente, no teme adentrarse en los abismos de la condición humana. En esta novela no solo aborda el acto criminal del abuso, sino las dinámicas que lo sostienen: la manipulación, el abuso de poder, el encubrimiento social, la fragilidad de las instituciones. Cómo alguien aparentemente respetable puede esconder su monstruosidad.
El Sr Fox, el señor Lengua. Ya os conté que ese personaje me había cautivado. No solo por lo bien escrito que está, sino porque yo misma caí en la trampa de su neurosis, de su fachada. Como todo depredador lleva una máscara diseñada a la perfección. Pero he de deciros que ha habido otro personaje que me ha sorprendido más: Demetrius Helen. “Alto y desgarbado como un ave zancuda”, poco agraciado según los estándares sociales: patillas ralas, pelo desaliñado, apariencia descuidada. Un paria para su familia, la sociedad, el instituto. Y aun así, con alma de justiciero. Muchos lo consideran —injustamente— alguien “de pocas luces”. Pero es él quien se da cuenta de lo que está sucediendo en el instituto. Tímido, inseguro, poco habituado a las maniobras sociales. Me pregunto si vivir al margen te permite una mirada más lúcida de la sociedad. Demetrius Helen, el verdadero antagonista de Francis Harlan Fox.
Frente a Demetrius, el Sr. Lengua pierde fuerza. Él es la verdadera sorpresa de la novela. Un elemento disruptivo. Moralmente lúcido. Imprevisible.
Los personajes femeninos —sobre todo las niñas que aparecen en la novela: Mary Ann, Eunice, Genevieve y otras— quedan algo desdibujados al ser víctimas del grooming. El manipulador no permite penetrar en ellas narrativamente. Y es una pena. Orbitan en torno a sus juegos psicológicos. Muchas provienen de estratos sociales humildes, son víctimas “invisibles” sin redes de apoyo. Enigmas.
Y en la novela lo siguen siendo.
El retrato del Sr Fox, en cambio, es preciso, incómodo, estremecedor. Su doble vida. Su máscara. Ese actor omnisciente de la perversión que domina cada ángulo: lo que muestra y lo que es. Cómo confunde a sus víctimas con el fin de saciar su instinto. Cómo utiliza las convenciones sociales, el trauma, la vulnerabilidad para pasar desapercibido… y seducir al entorno. Oates no se corta al profundizar en él.
Ella tiene esa capacidad: escribir novelas grandiosas en extensión y contenido; pero que se leen como un thriller. Sus más de seiscientas páginas se devoran rápido. Un lujo hoy en día, cuando a muchos les escandaliza toparse con libros de más de doscientas páginas en los escaparates de las librerías, aunque luego pasen horas scrolleando el móvil.
Una diferencia abismal
También adelanté en el anterior episodio que iba a releer Lolita, para comparar a los dos depredadores: el Sr. Fox y Humbert Humbert.
Fui a buscar el libro en la biblioteca del salón, recordaba vagamente que la portada de la editorial Anagrama era morada, pero el sol había carcomido el color del lomo de la novela hasta volverlo azul. De hecho, me costó encontrar la novela. Ese simple desgaste me hizo ser consciente del tiempo que había pasado. ¿Cinco, siete años? ¿Cuánto había cambiado yo desde entonces? Desde luego soy otra persona. Nunca había releído Lolita, aunque me impactó profundamente. Tampoco soy muy partidaria de releer libros. Me gusta el impacto de la primera vez, la primera sacudida de una descripción, de una palabra, de un diálogo. De un personaje. Volver a un libro, casi siempre, me parece un sacrilegio: como si mitigara esa primera emoción, ese despertar tan vivo, ese primer dominio del ser.
En la portada de la edición que tengo entre las manos aparece el dibujo de una chica acuclillada, el rostro tapado, y una manecilla que la atraviesa por la espalda como un cuchillo. La imagen previene al lector.
Lolita fue, en su momento, una novela profundamente polémica: la tildaron de pornográfica. Las adaptaciones cinematográficas no ayudaron; más bien reforzaron esa lectura simplista, edulcorando las perversiones de Humbert Humbert.
«Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta»: el poder de seducción de las palabras llevado al extremo, la estética de la perversión.
Hay una diferencia abismal en el planteamiento de las dos novelas.
Humbert Humbert y Francis Harlan Fox: depredadores que explotan su poder sobre menores, pero construidos de formas radicalmente distintas. Si Humbert —narrador y protagonista en la novela de Nabokov— manipula desde la primera página al lector con su lenguaje brillante y su autovictimización, el Sr. Fox —el Sr Lengua— es un antagonista expuesto desde fuera, cuya monstruosidad se revela a través del sistema que lo ampara.
Humbert idealiza y obsesiona a una sola víctima, Lolita, buscando justificar su deseo; Fox, en cambio, actúa de manera metódica sobre varias jóvenes, aprovechando su posición social y la impunidad institucional.
Nabokov afirmaría sobre su novela:
«Mi tarea era hacer que el lector viera el mundo a través de los ojos de una persona moralmente repugnante, sin justificarla».
Y también:
«El libro es un ejercicio de estilo, de voz narrativa, de capturar la obsesión en palabras.»
La precisión con la que construye esa voz me hizo pensar —otra vez, a lo largo de su relectura— en si Nabokov era conocedor de primera mano de las pulsiones de este tipo de depredadores.
Experimenta con la percepción, muestra cómo un personaje despreciable puede seducir al lector mediante el lenguaje sin que eso implique, en absoluto, una aprobación moral de sus actos.
Mientras Humbert engaña con palabras y estética, Fox manipula mediante autoridad y jerarquía. Humbert se hunde en su propio delirio; Fox cae si otros lo delatan. Humbert encarna la perversión íntima y estética, Fox, la corrupción social y el abuso de poder sistémico.
Los detractores de Lolita argumentan que Humbert es un personaje demasiado interesante, demasiado seductor, que la novela es dañina para las víctimas. Pero ningún monstruo se presenta ante su víctima con su monstruosidad a plena luz. Oculta su depravación con todos los medios que tiene a su alcance: estrategias, máscaras, estatus, incluso personas. Cuánto más inofensivo parezca, más profunda será su perversión; cuanto más confusión genere, mayor efectiva será su cacería.
La ficción, por ser ficción, nos permite digerir realidades dolorosas. Adentrarnos en mentes y situaciones traumáticas. Nos ofrece conocimientos y herramientas de detección.
El Sr. Fox y Lolita son novelas tan necesarias como perturbadoras.
La verdad —aunque cruel—, es siempre la mejor arma. Sobre todo en estos tiempos en los que se relativiza todo sistemáticamente, en los que se desprecia la veracidad de los hechos y sentimientos, y se individualiza la verdad, para despojarla de fuerza.
Un poema
Y ahora, el poema prometido de mi primer poemario: Nínfulas
El viento —en lugar del animal,bello y austero—tiembla en los cristales de la ventana.Ella no deja de mirar ese atisbo del viento,de ese ser animal que empapade dulzor su boca,que habla, que escucha su sexo mojado.
*
Bailaron.Ardía la piel,dolían las suelas.Bailaron…El sol, paciente,esperó a salir.Bailaron…hasta que la visiónse convirtió en un temblor,hasta que acabó la fiesta.
*
Un cuerpo atrapadoque nadie ve pero que late;un pensamiento,una piel de hiel y de bilis.Ella, frente a la ventana, ausente.
*
El aire sosiega el frío.La primavera, demasiado gris,demasiado tumultuosa,allana los rayos del sola través de la ventana,en el estío imaginado.
El cristal, de color tenue;al otro lado,su mirar de piedras.
*
Transcurrían los días.El maquillaje dejó de escondersu rostro.En el espejo, empañadopor su propio aliento,sin querer,volvió a sonreír.
En el próximo capítulo hablaré de Los años, la novela de Virginia Woolf. Es uno de los libros que más me han marcado este 2025: una epopeya íntima y vital de su familia a lo largo de los años.Aunque es una novela exigente —pide concentración y, a veces, abstraerte incluso de ti misma— merece la pena adentrarse en ella. Espero que en mi próximo podcast os anime a hacerlo.
Y qué decir de Woolf: es una genia. Una mente brillante, laberíntica, visionaria, como he leído a pocas y a pocos.
Gracias por acompañarme en este episodio, por escuchar mis palabras… y mis silencios. Nos encontraremos en el próximo capítulo, donde seguiremos explorando lecturas… y emociones.
Hasta entonces, cuidaos mucho… y dejad que una lectura, una imagen, o incluso una palabra, os arrastre hacia la belleza, aunque sea solo por un instante.
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