La otra cara de la fortaleza: el día que dejé de "dinamitar puentes" y aprendí a confiar en ti
Hubo un tiempo en que aprendí a callar como forma de defensa.
No porque tuviera miedo, o quizás sí (era muy niña), sino porque entendí muy pronto que el silencio también puede ser una respuesta.
Crecí en un entorno donde mostrar debilidad no era una opción, y con los años ese hábito se volvió carácter: aprendí a sostenerme sola, a resistir sin pedir ayuda, a no mostrar cuando algo dolía.
A veces me dicen que soy orgullosa. Quizá lo sea.
Pero más que orgullo, creo que es una mezcla de dignidad y costumbre: un impulso de no depender, de mantenerme entera incluso cuando por dentro algo se tambalee.
También aprendí, sin darme mucha cuenta, a "volar puentes" sin pestañear, es decir: a cerrar relaciones o a alejarme física o emocionalmente de quien me hacía daño, incluso a veces antes de saber si realmente lo haría.
Era mi manera de asegurarme de no sufrir más de la cuenta, de calibrar el daño: si lo destruyo yo, ya no lo pueden hacer otros.
Con el tiempo —y no hace tanto— llegué a un punto de inflexión y estoy aprendiendo algo distinto: que mostrarme como soy también es una forma de fortaleza.
Que no pasa nada si alguien muy cercano me conoce un poco mejor, o si ve mis puntos débiles.
Que abrirme de ese modo (no indiscriminadamente) también importa.
Y que esa parte, más humana, no resta fuerza, la completa.
Me consideran extrovertida, pero soy socialmente muy hábil y a eso también se aprende. Dicen que estoy segura de mí misma, con eso estoy de acuerdo.
Y sé que me quiero.
Hoy intento no dinamitar lo que me importa. Tener paciencia, quedarme un poco más, dejar que alguna persona me vea de verdad por dentro. Aprender a cuidar sin esconderme y a confiar sin necesidad de destruir como forma de defensa.
Este caso figurado nos acerca a nuestro tema de hoy, que tiene mucho que ver con el amor propio, con el orgullo, y con mostrarnos como somos.