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Hanns Millot perdió las piernas por las drogas, pero lo que más le duele es lo que las drogas le quitaron como padre: la oportunidad de enseñar a sus hijos a andar en bici, a nadar o a jugar fútbol. Su historia —marcada por la ausencia de amor familiar, la adicción y el abandono— se convirtió en un llamado urgente a la responsabilidad afectiva de madres y padres.
Hoy, desde su trinchera, Hanns rescata a niñas embarazadas, niños con VIH y jóvenes sin rumbo, porque sabe que el dolor no se combate con objetos, sino con amor real y presencia.
Este episodio incomoda, sacude y conmueve. Porque no basta con proveer: hay que criar, acompañar y amar con acciones. Una conversación que todos los padres deberían escuchar, antes de que sea tarde.
By Michelle Greicha FrangieHanns Millot perdió las piernas por las drogas, pero lo que más le duele es lo que las drogas le quitaron como padre: la oportunidad de enseñar a sus hijos a andar en bici, a nadar o a jugar fútbol. Su historia —marcada por la ausencia de amor familiar, la adicción y el abandono— se convirtió en un llamado urgente a la responsabilidad afectiva de madres y padres.
Hoy, desde su trinchera, Hanns rescata a niñas embarazadas, niños con VIH y jóvenes sin rumbo, porque sabe que el dolor no se combate con objetos, sino con amor real y presencia.
Este episodio incomoda, sacude y conmueve. Porque no basta con proveer: hay que criar, acompañar y amar con acciones. Una conversación que todos los padres deberían escuchar, antes de que sea tarde.