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Hay comentarios que hacemos casi sin pensarlo: “Qué bien te ves, bajaste de peso”, “Te ves gorda”, “¿Por qué estás tan delgada?” o “Eso no lo comas, es malo”. A veces creemos que son una forma de cuidar, sin detenernos a pensar cómo los recibe la otra persona. Escuchar a Amanda Plasencia me llevó a preguntarme qué aprenden nuestros hijos sobre su cuerpo y la comida a través de nuestras palabras.
Amanda veía a su hija comer y hacer ejercicio, y pensaba que esos hábitos eran señales de salud. Durante la conversación, menciona una cifra que nos obliga a detenernos: una mu3rte cada 52 minutos por TCA "pero disfrazado, porque o es del riñón o es del hígado"
Como mamá reconoce decisiones que hoy lamenta, como haber puesto a otra de sus hijas a dieta desde pequeña, sin imaginar cómo cada una podía interpretar ese mensaje. Durante el internamiento, su hija tuvo compañeras de 10 años y mujeres de 50.
Amanda también cuestiona la idea de que los trastornos alimentarios sean una “enfermedad de ricas” su experiencia le mostró que no son exclusivos de una edad ni de una clase social. Hoy busca llevar la prevención a las escuelas para que estas conversaciones empiecen antes y más familias puedan reconocer las señales y buscar ayuda.
Su historia nos invita a revisar lo que hemos normalizado. De los cuerpos ajenos no se habla: tampoco para felicitar, comparar o premiar un cambio de peso. Decirle a alguien que ahora se ve más bonita puede hacerle sentir que antes valía menos. Podemos expresar amor sin evaluar su apariencia y preguntarle cómo se siente, sin asumir que está bien porque “ya se ve bien”.
“Yo fui una mamá presente y me pasó.” Esa frase de Amanda me recuerda cuánto podemos desconocer de alguien a quien amamos, incluso estando cerca. Ojalá muchas familias escuchen esta conversación y encuentren una oportunidad para aprender, reconocer señales y buscar ayuda. Que quienes amamos sepan que pueden acercarse sin miedo a decepcionarnos ni tener que cumplir primero con nuestras expectativas. Que su lugar con nosotros nunca dependa de su peso, de su apariencia ni de lo que coman.
¿Cuánto talento se queda sin descubrir porque a alguien le faltó una oportunidad?
En este episodio conversé con Paola Campbell, de la Dirección de Industrias Creativas de Zapopan. Me contó cómo están abriendo espacios para que niñas, niños, jóvenes y adultos puedan aprender, crear y encontrar una manera de vivir de su talento. Hablamos de videojuegos, cómics, fotografía, juegos de mesa y de ideas que necesitan herramientas y acompañamiento para crecer.
Hay algo que me conmovió especialmente: imaginar a un niño que quizá no ha encontrado su lugar en el deporte o la música, pero descubre que puede crear un mundo frente a una computadora. Y pensar en lo que sucede cuando alguien cree en esa posibilidad y le abre la puerta.
Esta conversación nos recuerda que servir también es reconocer el talento de otros y ayudar a que tenga dónde desarrollarse. ¿Cuántas historias podrían comenzar si más personas tuvieran esa oportunidad?
Durante 230 días, Mónica Jurado vivió privada de su libertad. Hubo miedo, amenazas, golpes, hambre y una incertidumbre que parecía no terminar. Pero en medio de ese encierro también apareció una pregunta más profunda: ¿de qué se sostiene una persona cuando siente que le han quitado todo?
Mónica encontró respuestas en lugares que ya formaban parte de ella: su fe, el amor por sus hijas, la certeza de su familia y una disciplina cotidiana que le permitía cuidar su cuerpo y su mente. Rezaba, hacía ejercicio, ordenaba su pequeño espacio y se aferraba a una convicción: quería vivir. Incluso cuando intentaban hacerle creer que afuera nadie estaba luchando por ella, había algo que no podían arrebatarle: saber de dónde venía y cuánto era amada.
Esta conversación no se queda solamente en lo que ocurrió durante el secuestro. Habla también de cómo se vuelve a la vida después del dolor. De aprender a reconocer el duelo, convivir con las huellas que permanecen y mirar de otra manera aquello que antes parecía cotidiano: preparar un desayuno, estar con los hijos, caminar, compartir una comida, tener la libertad de decidir qué hacer con un día.
La historia de Mónica nos recuerda que sobrevivir no significa negar lo vivido. A veces significa aprender a habitar de nuevo la propia vida, con todo lo que dolió y con todo lo que todavía merece ser amado. Y quizá también nos deja una pregunta para quienes hoy somos libres: ¿estamos realmente viviendo aquello que un día podríamos extrañar?
A los 17 años, Fina Javelly pensaba en cosas propias de su edad: su bienestar, su imagen y la emoción de una vida que apenas comenzaba. Días después estaba en terapia intensiva, en coma y con un diagnóstico que cambiaría su historia para siempre: diabetes tipo 1.
Durante muchos años se preguntó por qué le había tocado a ella. Deportista, disciplinada y sin antecedentes familiares, nada parecía explicar lo que estaba viviendo. El tiempo le enseñó algo distinto: algunas causas no llegan para detenernos, llegan para pedirnos que acompañemos a otros.
Hoy Fina es mamá, tenista, representante de México en competencias internacionales y una mujer que demuestra todos los días que vivir con diabetes no significa renunciar a los sueños.
Pero su historia no termina en la adaptación personal. Después de conocer la realidad de cientos de niñas, niños y familias que no tienen acceso a insulina, monitoreo, atención psicológica o acompañamiento médico, decidió convertir su experiencia en acción concreta y construir una red de apoyo para quienes más lo necesitan.
Esta conversación habla de disciplina, privilegios, desigualdad y servicio. Porque hay diagnósticos que cambian una vida, pero también pueden convertirse en la razón por la que otras vidas encuentran acompañamiento y oportunidades.
Y si algo nos deja esta historia es una certeza poderosa: "La diabetes no tiene por qué detener tu vida". Puede ser un reto, sí, pero también una oportunidad para crecer, para servir y para demostrar que, incluso en medio de la adversidad, siempre hay camino para seguir adelante.
En este episodio tuve el privilegio de conversar con la doctora Doctora, la hermana Silvia Susana Lua, médica, misionera y una de las voces más importantes en México en cuidados paliativos.
Después de acompañar durante años a personas con enfermedades degenerativas, terminales y a sus familias, la doctora Susy nos confronta con una realidad de la que casi nadie quiere hablar: miles de personas están muriendo con dolor, en soledad y sin el acompañamiento que merecen.
Pero este episodio no habla solamente de la muerte.
Habla de cómo vivimos.
De las conversaciones que postergamos, de las heridas que no sanamos, del tiempo que creemos infinito y de todo aquello que acumulamos mientras olvidamos disfrutar el presente.
También nos invita a reflexionar sobre los cuidados paliativos, la dignidad humana, la eutanasia y el papel que tenemos como familias y como sociedad frente al sufrimiento de los demás.
Porque el nivel de civilización de una comunidad no se mide por sus avances tecnológicos, sino por la forma en que acompaña a sus personas más vulnerables.
Esta conversación incomoda, cuestiona y obliga a detenernos.
Tal vez la pregunta más importante no es cómo queremos morir.
Tal vez la pregunta es si estamos aprendiendo a vivir de una manera que, llegado el final, nos permita decir:
"Vida, no te debo nada. Vida, no me debes nada. Estamos en paz."
Durante mucho tiempo pensamos que las niñas y los niños eran el futuro.
Pero mientras los adultos planeamos el mañana, ellos ya están viviendo el presente: caminan las calles, estudian en sus escuelas, juegan en los parques y aprenden todos los días qué tanto importa su bienestar para la sociedad que los rodea.
En este episodio conversé con Marce Preciado, Directora de Ciudad de las Niñas y los Niños en Zapopan, una mujer joven que entendió muy pronto que servir también significa atreverse a mirar donde casi nadie está mirando: la infancia.
Hablamos de escuelas que dejaron de ser espacios olvidados para convertirse en lugares dignos para aprender, de políticas públicas que nacen escuchando a las niñas y los niños, y de algo que muchas veces olvidamos como adultos: ellos también viven la ciudad, la recorren, la sienten y tienen mucho que decir sobre ella.
Marce nos recordó que prevenir siempre será más poderoso que reparar. Que acompañar a madres, padres y cuidadores es también una forma de proteger a la infancia. Y que decisiones tan simples como una sala de lactancia, un cruce seguro o una ventanilla para escuchar la voz de un niño pueden cambiar una realidad completa.
Este episodio es una invitación a dejar de pensar que los niños son únicamente el futuro y empezar a reconocerlos como ciudadanos del presente, con derechos, opiniones y necesidades que merecen ser escuchadas.
Porque una ciudad que pone a las niñas y los niños al centro no solamente mejora la vida de ellos: mejora la vida de todos.
Porque la forma en que tratamos a nuestros niños y niñas no habla de ellos.
Habla de nosotros.
Noelia Tapia González, Directora de Programas Sociales del municipio de Zapopan, una mujer que conoce la desigualdad no desde las estadísticas, sino desde su propia historia.Nació en una comunidad rural de Autlán, Jalisco, hija de padres que, con pocas oportunidades, hicieron todo para que sus hijos pudieran estudiar y construir un futuro distinto. Hoy, después de más de dos décadas en el servicio público, Noelia decidió dejar atrás los tecnicismos jurídicos para tomar una bandera mucho más profunda: la de la justicia social.Hablamos de niños que llegan a la escuela con el estómago vacío, de adultos mayores que encuentran en un comedor mucho más que alimento, de familias que pierden su patrimonio en una inundación y de la responsabilidad que tiene un gobierno de estar presente cuando más se necesita.También conocimos programas que buscan reconstruir algo más importante que una fachada o un parque: el sentido de comunidad y pertenencia.Noelia repite una frase que resume gran parte de esta conversación: “No se puede pensar con el estómago vacío”.Este episodio nos recuerda que servir no es ocupar un cargo. Es decidir mirar de frente las necesidades de los demás y tener la sensibilidad para convertirlas en acciones concretas.Porque la justicia social no empieza en un escritorio.Empieza cuando alguien se pone los tenis, sale a escuchar y convierte las necesidades en acciones concretas.
Durante muchos años creímos que la seguridad se resolvía con más patrullas, más vigilancia o más castigos. Pero hay una pregunta mucho más profunda: ¿qué pasa cuando una comunidad nunca tuvo oportunidades?
En este episodio conversé con Claudia Valenzuela Rivera, directora de Desarrollo Comunitario de Zapopan, sobre el trabajo que hoy está fortaleciendo la comunidad desde distintos frentes: las Colmenas, los Enjambres, la Vía Recreativa y proyectos que acercan oportunidades, espacios seguros y convivencia a miles de familias.
Hablamos de cómo una inversión en cultura, deporte, educación, salud mental y convivencia puede cambiar la realidad de colonias enteras. Porque cuando una niña descubre su talento, una mujer recupera la confianza para defenderse o una familia vuelve a sentirse parte de un mismo lugar, también comienza a disminuir la violencia.
Este episodio nos recuerda que servir no siempre significa resolver una emergencia. A veces significa crear las condiciones para que las personas descubran de lo que son capaces.
Porque un niño que toma un libro, un balón, un instrumento o un pincel encuentra un camino distinto para construir su futuro. Y cuando un gobierno decide invertir en comunidad, también está apostando por la paz.
Espero que esta conversación nos invite a mirar el servicio público desde otra perspectiva: no como un conjunto de edificios o programas, sino como la oportunidad de construir comunidades donde las personas puedan crecer, acompañarse y encontrar nuevas posibilidades para su vida.
En este episodio descubrí una realidad de la que muy pocos hablamos, pero que sostiene la vida de miles de familias todos los días: la de las personas cuidadoras.Platiqué con Patty, una mujer que ha dedicado su trabajo a reconocer, acompañar y dignificar a quienes pasan gran parte de su vida cuidando a un hijo con discapacidad, a un adulto mayor o a un familiar que depende completamente de ellos.Durante años pensamos que cuidar era simplemente una responsabilidad más dentro de la familia. Hoy entendemos que también implica renunciar a proyectos personales, vivir con agotamiento constante y, muchas veces, hacerlo en silencio y sin que nadie lo reconozca.También hablamos sobre salud mental, sobre la soledad que viven muchos jóvenes y adultos mayores, y sobre la enorme responsabilidad que tenemos como sociedad de construir comunidades donde pedir ayuda deje de ser un acto de vergüenza.Este episodio me recordó que servir también significa aprender a mirar a quienes siempre han estado sosteniendo a los demás.Porque antes de preguntarnos quién necesita ayuda, tal vez tendríamos que empezar preguntándonos algo mucho más profundo:¿Quién está cuidando a quienes llevan toda una vida cuidando de los demás?
Guillermo Loza llegó al DIF Zapopan pensando que conocía las necesidades de la gente. Pero fue ahí, entrando a las casas, escuchando historias y acompañando a familias en los momentos más difíciles, donde descubrió una realidad que terminaría cambiándolo para siempre.
En esta conversación hablamos de las historias que duelen, pero también de las que nos recuerdan la fuerza que existe cuando una comunidad decide no dejar sola a su gente.
Guillermo comparte lo que ha aprendido acompañando a madres y padres que luchan todos los días por sacar adelante a sus hijos, a adultos mayores en situación de abandono y a familias que enfrentan la enfermedad cuando los recursos ya no alcanzan.
También nos cuenta cómo, con proyectos como Voluntades y Vive Tu Cocina, han demostrado que cuando sociedad, iniciativa privada y gobierno trabajan juntos, es posible construir soluciones reales para quienes más lo necesitan.
Este episodio nos recuerda algo importante: la pobreza no siempre se ve, la vulnerabilidad no siempre se entiende desde lejos y el servicio no se trata de ayudar desde arriba, sino de caminar junto a las personas.
Porque hay realidades que cambian cuando alguien decide involucrarse. Y hay historias que nos enseñan que la empatía solo cobra sentido cuando se convierte en acción.
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