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Gracias a mi amigo, el periodista Luis Menéndez, he tenido las fotos más recientes de la tumba de Chaves Nogales, cerca de Londres. Esto es lo que queda.
Es la tumba CR19 en el listado oficial en el cementerio de North Sheen, un bello lugar.
Las fotos son de Luis Menénez, al que pueden escuchar en el podcast. Esta es la visión general de la tumba.
En el podcast aprovechamos para escuchar las reflexiones sobre la muerte de la abuela del autor, que resultan muy esclarecedoras para entender su propia muerte, en 1944.
Lo primero que te viene a la cabeza es por qué se permite que la tumba de Chaves Nogales esté así, no costaría mucho adecentarla. Ya se ha intentado varias veces. La Embajada de España incluso encargó un proyecto con epitafio. Pero la familia no parece estar muy interesada. Sobre todo ahora que sus textos son ya de dominio público y no producen ingresos. Pero habrá que intentarlo. Ya se ha hecho con otros intelectuales en el exilio y nadie mejor que Chaves Nogales lo merece.
Escuchemos ahora un texto del autor. La fuente es Chaves Nogales, (1924). “Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos” extraído de “La Bolchevique Enamorada y otros Relatos”. En LA NECROFILIA Nos habla de su abuela, del dolor de SU muerte y cómo lo vivió él. Y nos preguntamos que sintió cuando una dolencia gástrica, que le venía avisando desde hace mucho tiempo, le llevó a una peritonitis que hoy se habría curado en horas, pero que se lo llevó a la tumba. ¿Sintió lo mismo que nos dice en este texto?
Mi abuela, por lo menos en los tiempos en que yo pude conocerla, rendía un fervoroso culto a los muertos. Acaso esta necrofilia fuese en ella una pasión puramente senil, ya que según noticias que posteriormente pude adquirir, la bendita señora había tenido en su juventud otras muchas pasiones bien distantes de su final preocupación aunque de la intensidad con que amó la vida pudiera deducirse exactamente su extremada consideración a la muerte.
Yo, que entre los terrores pánicos de mi adolescencia tenía en primer lugar el terror a la muerte, admiraba a mi abuela como a un ser sobrenatural por la sencillez, la afabilidad con que se volvía de cara a la nada. Me daba la impresión de que ella había hecho ya el viaje de retorno y por una gracia única de la Divinidad estaba con nosotros. Tales eran la seguridad, el aplomo, la certeza que había logrado en su comercio diario con los muertos, a los que ella agasajaba con aquel mimo y aquella suavidad que en su juventud tuvo —dicen— para sus amadores.
Cuando le llegó la hora mi abuela se murió. Yo, que aquella noche andaba desazonado al advertir la proximidad de la Intrusa, estuve largas horas en acecho y pude seguir paso a paso la agonía de la pobre abuela; fue una verdadera agonía; su resistencia física era grande y luchó a brazo partido con la muerte; gritaba, revolvíase, fundíase al fin en un ronco estertor en que su cuerpo, todo su cuerpo protestaba. Cuando en el conticinio se declaró vencida le quedó cuajada en los ojos una mirada de espanto.
He sospechado siempre que mi abuela anduvo algo descaminada en sus relaciones con los muertos. Éstos, sus íntimos amigos, debieron de informarla mal; seguramente no le dijeron toda la verdad y la pobre llegó algo engañada; el espanto que se pintó en sus ojos decía claramente que «aquello» no era lo previsto. Entonces empecé a desconfiar de los muertos y alejé de mí la necrofilia. Y empecé a creer que la muerte no nos otorga su amistad ni su confianza a cambio de la ornamentación barroca con que la adornamos para hacerla presentable en sociedad.
Solo, sin su familia, acompañado de unas pocos amigos, se fue una primavera de 1944. Una reflexión lúcida sobre la soledad del individuo ante el fin. Y si, de nada nos sirve la ormamentación barroca, por mucho que, entonces y ahora, pongamos lacitos al momento final, que a todos nos va a llegar. Fíjense ustedes que usa la palabra “conticinio”, definida como la hora de la noche en que todo está en silencio. El momento en que su abuela decidió marcharse.
By Antonio ManfrediGracias a mi amigo, el periodista Luis Menéndez, he tenido las fotos más recientes de la tumba de Chaves Nogales, cerca de Londres. Esto es lo que queda.
Es la tumba CR19 en el listado oficial en el cementerio de North Sheen, un bello lugar.
Las fotos son de Luis Menénez, al que pueden escuchar en el podcast. Esta es la visión general de la tumba.
En el podcast aprovechamos para escuchar las reflexiones sobre la muerte de la abuela del autor, que resultan muy esclarecedoras para entender su propia muerte, en 1944.
Lo primero que te viene a la cabeza es por qué se permite que la tumba de Chaves Nogales esté así, no costaría mucho adecentarla. Ya se ha intentado varias veces. La Embajada de España incluso encargó un proyecto con epitafio. Pero la familia no parece estar muy interesada. Sobre todo ahora que sus textos son ya de dominio público y no producen ingresos. Pero habrá que intentarlo. Ya se ha hecho con otros intelectuales en el exilio y nadie mejor que Chaves Nogales lo merece.
Escuchemos ahora un texto del autor. La fuente es Chaves Nogales, (1924). “Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos” extraído de “La Bolchevique Enamorada y otros Relatos”. En LA NECROFILIA Nos habla de su abuela, del dolor de SU muerte y cómo lo vivió él. Y nos preguntamos que sintió cuando una dolencia gástrica, que le venía avisando desde hace mucho tiempo, le llevó a una peritonitis que hoy se habría curado en horas, pero que se lo llevó a la tumba. ¿Sintió lo mismo que nos dice en este texto?
Mi abuela, por lo menos en los tiempos en que yo pude conocerla, rendía un fervoroso culto a los muertos. Acaso esta necrofilia fuese en ella una pasión puramente senil, ya que según noticias que posteriormente pude adquirir, la bendita señora había tenido en su juventud otras muchas pasiones bien distantes de su final preocupación aunque de la intensidad con que amó la vida pudiera deducirse exactamente su extremada consideración a la muerte.
Yo, que entre los terrores pánicos de mi adolescencia tenía en primer lugar el terror a la muerte, admiraba a mi abuela como a un ser sobrenatural por la sencillez, la afabilidad con que se volvía de cara a la nada. Me daba la impresión de que ella había hecho ya el viaje de retorno y por una gracia única de la Divinidad estaba con nosotros. Tales eran la seguridad, el aplomo, la certeza que había logrado en su comercio diario con los muertos, a los que ella agasajaba con aquel mimo y aquella suavidad que en su juventud tuvo —dicen— para sus amadores.
Cuando le llegó la hora mi abuela se murió. Yo, que aquella noche andaba desazonado al advertir la proximidad de la Intrusa, estuve largas horas en acecho y pude seguir paso a paso la agonía de la pobre abuela; fue una verdadera agonía; su resistencia física era grande y luchó a brazo partido con la muerte; gritaba, revolvíase, fundíase al fin en un ronco estertor en que su cuerpo, todo su cuerpo protestaba. Cuando en el conticinio se declaró vencida le quedó cuajada en los ojos una mirada de espanto.
He sospechado siempre que mi abuela anduvo algo descaminada en sus relaciones con los muertos. Éstos, sus íntimos amigos, debieron de informarla mal; seguramente no le dijeron toda la verdad y la pobre llegó algo engañada; el espanto que se pintó en sus ojos decía claramente que «aquello» no era lo previsto. Entonces empecé a desconfiar de los muertos y alejé de mí la necrofilia. Y empecé a creer que la muerte no nos otorga su amistad ni su confianza a cambio de la ornamentación barroca con que la adornamos para hacerla presentable en sociedad.
Solo, sin su familia, acompañado de unas pocos amigos, se fue una primavera de 1944. Una reflexión lúcida sobre la soledad del individuo ante el fin. Y si, de nada nos sirve la ormamentación barroca, por mucho que, entonces y ahora, pongamos lacitos al momento final, que a todos nos va a llegar. Fíjense ustedes que usa la palabra “conticinio”, definida como la hora de la noche en que todo está en silencio. El momento en que su abuela decidió marcharse.