La noticia de que Christine Lagarde baraja adelantar su salida para blindar su sucesión ante la posible llegada de la ultraderecha al Elíseo no es solo un movimiento táctico; es el síntoma de una democracia que contiene la respiración. Como se advertía recientemente un artículo de Tomás García en La Voz de Galicia, siempre que Francia entra en combustión es imperativo regresar a Manuel Chaves Nogales. En su ensayo La agonía de Francia (1941), el periodista sevillano no solo narró la caída militar de una potencia, sino la descomposición moral de una sociedad que, como la actual, parecía más preocupada por su bienestar inmediato que por el derrumbe de sus instituciones.
Chaves Nogales, observador privilegiado en la Francia de 1940, retrató con una vigencia aterradora la “indiferencia inhumana de las masas” ante el colapso. Mientras hoy los mercados y las élites burocráticas maniobran ante el auge de los nuevos populismos de Le Pen o Mélenchon —quienes, según la teoría de la herradura, terminan tocándose en su caudillismo y su rechazo a los valores occidentales—, resuenan las palabras literales de Chaves sobre aquel fatídico domingo en que murió la Tercera República:
“En unas horas plácidas, banales, de un domingo radiante, Francia, la Francia que creíamos inmortal, se había hundido, quizás para siempre, entre la indiferencia absoluta de una gran ciudad alegre y confiada, el discurrir perezoso de una muchedumbre endomingada [...] Un mediano restaurant, una cama, una mesa libre en una terraza para tomar cómodamente el aperitivo, una localidad para el cine... tenían más importancia para aquella masa abigarrada que todas las angustiosas preocupaciones nacionales del momento. Nunca una catástrofe nacional se ha producido en medio de una mayor inconsciencia colectiva”.
Esta inconsciencia colectiva que Chaves denunciaba es el eco que hoy percibimos en una Europa que se asoma al abismo. El autor explicaba que la organización colosal de la vida moderna es, trágicamente, independiente de la salud del Estado. Esta advertencia es clave para entender por qué la estabilidad económica actual puede ser un espejismo:
“El Estado puede hundirse y desaparecer para siempre y el pueblo puede caer en la esclavitud sin que el autobús haya dejado de pasar por la esquina a la hora exacta, sin que se interrumpan los teléfonos, sin que los trenes se retrasen un minuto ni los periódicos dejen de publicar una sola edición. Las masas modernas lo soportan todo menos la incomodidad material, física. La independencia de la patria, los derechos del hombre, los destinos de la civilización, son hoy para la gran masa ciudadana puras abstracciones que no tienen ningún sentido frente al hecho cierto, tangible, irritante, de que al salir del trabajo no se pueda tomar el aperitivo o de que haya que perder una hora haciendo cola ante la puerta de una panadería”.
Hoy, Francia vuelve a ser ese “país enfermo” incapaz de integrar sus fracturas sociales y refugiado en una grandeur de porcelana. La clase política, al igual que en los años 30, se ve tentada por los extremos bajo el infame lema “antes Hitler que Blum”, que hoy se traduce en vetos cruzados y radicalismos que asfixian la “tercera vía” liberal que Chaves siempre defendió.
El periodista sevillano nos dejó una lección final: la democracia no muere por falta de recursos, sino por la renuncia a los valores que la sustentan. Lagarde intenta salvar la estructura, pero como aprendió Chaves al ver a la burguesía francesa esconder sus billetes mientras los nazis entraban en París, no hay blindaje burocrático que resista cuando la ciudadanía ha decidido enamorarse de su verdugo.
“Francia se ha suicidado, pero al suicidarse ha cometido además un crimen inexpiable con esas masas humanas que habían acudido a ella porque en ella habían depositado su fe y su esperanza [...] Francia había llegado a enamorarse de su verdugo. Esta aberración, que en el ser humano aislado no es más que un caso de perversión sexual, al dominar a un pueblo y sobre todo a un pueblo superior como el de Francia, ha dado origen a una de las tragedias más hondas de la historia”.
La manada es hoy más fuerte y el rebaño está cada vez más cercado. Solo nos queda recuperar la lucidez de Chaves Nogales para recordar que, frente a la barbarie totalitaria, no hay fórmula superior a la paz, la libertad y el diálogo democrático.
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