El verdadero gozo, el duradero, el eterno, es el que nos da Dios cuando aceptamos a su Hijo Jesucristo como nuestro Señor y Salvador y por ello su Espíritu viene a morar en nosotros. Pero el hombre, en su rebeldía, busca el gozo en los bienes materiales o en filosofías humanas que no pasan de ser simples alegrías momentáneas y que nada tienen que ver con el gozo verdadero.