Imagina que el mundo que percibes —las voces de tus seres queridos, el rostro del
vecino, el significado de las palabras en un periódico— comienza a distorsionarse sin
previo aviso. No estás soñando, no estás drogado, no estás fingiendo. Pero las paredes
susurran tu nombre. Las señales de tráfico parecen enviarte mensajes cifrados. Tu
propia mente, antes aliada silenciosa, se convierte en un laberinto de ecos hostiles.