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Ayer asistimos, impresionados y conmovidos, a la bendición por León XIV de la torre de Jesucristo de la magnífica basílica de la Sagrada Familia en el corazón de Barcelona. “Es la fe la que da forma a las piedras y sentido al edificio que habitamos juntos”, dijo el Papa al final de su homilía. Esa fe “que da vida”, como había exclamado con fuerza, y fuera de programa, desde el balcón de la abadía de Montserrat. Sin la fe de Gaudí no se habría levantado esa maravilla que es la Sagrada Familia; sin la fe de los cristianos de hoy, que la habitamos para rezar y celebrar juntos la eucaristía bajo sus bóvedas, sería imposible comprender su significado, quedaría convertida en un museo, lo más alejado del ferviente deseo del “arquitecto de Dios” que la entendía como un corazón palpitante de la ciudad.
“Si no hay templo, no hay moradas” dice el genial poeta T.S. Eliot en sus inmortales Coros de la Roca. Y sin moradas, la ciudad se convierte en un trasiego sin sentido, en una competición sin meta, en una mezcla de hastío y violencia. La luz que se derrama sobre Barcelona desde la cruz ideada por Gaudí para coronar la basílica solo es un signo de la única Luz que alumbra las noches de los hombres, esas noches en las que León nos ha pedido entrar con la certeza potente de la fe que se hace carne en la vida de los santos, gentes como nosotros que han sido tocadas por el encuentro con Cristo. Sin esa fe, los fuegos artificiales se apagan y las más bellas luces dejan de alumbrar.
La torre de la Cruz, dijo el Papa, se levanta como “estandarte de caridad”, porque no podemos creer en Jesús y promover la guerra, no podemos creer en Jesús y matar al inocente, no podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria, como nos acaba de recordar hoy desde el muelle de Arguineguín en Gran Canaria. Gaudí murió sin saber cómo ni cuándo culminaría su obra, pero la vida que le alimentó, que le sostuvo, que nutrió su sueño, sigue palpitante en la historia del pueblo cristiano. Y eso ya no es pirotecnia.
By COPEAyer asistimos, impresionados y conmovidos, a la bendición por León XIV de la torre de Jesucristo de la magnífica basílica de la Sagrada Familia en el corazón de Barcelona. “Es la fe la que da forma a las piedras y sentido al edificio que habitamos juntos”, dijo el Papa al final de su homilía. Esa fe “que da vida”, como había exclamado con fuerza, y fuera de programa, desde el balcón de la abadía de Montserrat. Sin la fe de Gaudí no se habría levantado esa maravilla que es la Sagrada Familia; sin la fe de los cristianos de hoy, que la habitamos para rezar y celebrar juntos la eucaristía bajo sus bóvedas, sería imposible comprender su significado, quedaría convertida en un museo, lo más alejado del ferviente deseo del “arquitecto de Dios” que la entendía como un corazón palpitante de la ciudad.
“Si no hay templo, no hay moradas” dice el genial poeta T.S. Eliot en sus inmortales Coros de la Roca. Y sin moradas, la ciudad se convierte en un trasiego sin sentido, en una competición sin meta, en una mezcla de hastío y violencia. La luz que se derrama sobre Barcelona desde la cruz ideada por Gaudí para coronar la basílica solo es un signo de la única Luz que alumbra las noches de los hombres, esas noches en las que León nos ha pedido entrar con la certeza potente de la fe que se hace carne en la vida de los santos, gentes como nosotros que han sido tocadas por el encuentro con Cristo. Sin esa fe, los fuegos artificiales se apagan y las más bellas luces dejan de alumbrar.
La torre de la Cruz, dijo el Papa, se levanta como “estandarte de caridad”, porque no podemos creer en Jesús y promover la guerra, no podemos creer en Jesús y matar al inocente, no podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria, como nos acaba de recordar hoy desde el muelle de Arguineguín en Gran Canaria. Gaudí murió sin saber cómo ni cuándo culminaría su obra, pero la vida que le alimentó, que le sostuvo, que nutrió su sueño, sigue palpitante en la historia del pueblo cristiano. Y eso ya no es pirotecnia.