Hubo un tiempo —un exacto y eléctrico momento— en que el mundo entero se quedó mirando fijamente una pantalla, sin parpadear, mientras un hombre de chaqueta roja y sonrisa luminosa invitaba a la humanidad a un baile eterno con los monstruos.
Hubo un tiempo —un exacto y eléctrico momento— en que el mundo entero se quedó mirando fijamente una pantalla, sin parpadear, mientras un hombre de chaqueta roja y sonrisa luminosa invitaba a la humanidad a un baile eterno con los monstruos.