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El ethereal wave nació a finales de los años 70 y principios de los 80 en el Reino Unido, como una evolución natural del post-punk y el dream pop incipiente, pero con una sensibilidad más introspectiva, casi onírica. Surgió en los márgenes de la escena gótica, no como una ruptura, sino como un susurro melancólico que se desprendía de sus bordes más atmosféricos. Bandas como Cocteau Twins, This Mortal Coil y, en menor medida, los primeros trabajos de Dead Can Dance, comenzaron a trazar un sonido donde las guitarras no rasgaban, sino que flotaban, envueltas en efectos de chorus, delay y reverb, creando paisajes sonoros tan densos como etéreos.
Las voces, especialmente las femeninas, se convirtieron en instrumentos más que en meros conductos de letra. Liz Fraser, con su dicción casi inventada y su timbre celestial, redefinió lo que podía expresarse sin palabras. No se trataba de contar historias, sino de evocar estados de ánimo: nostalgia, anhelo, una dulce desolación. Los sintetizadores, cuando aparecían, no buscaban lo frío o lo futurista, sino lo brumoso, como si el sonido viniera desde el fondo de un bosque neblinoso.
Con el tiempo, el género se fue diluyendo en otros movimientos, pero su espíritu persistió. Artistas contemporáneos siguen bebiendo de esa fuente: voces que parecen salir de un sueño, melodías que no se aferran sino que se desvanecen, y una producción que prioriza la emoción sobre la claridad. El ethereal wave nunca fue masivo, ni lo pretendió. Fue, y sigue siendo, música para quienes escuchan con los ojos cerrados.
El ethereal wave, aunque nacido en los márgenes de la música, extendió su bruma más allá de los vinilos y los escenarios. Su estética vaporosa y melancólica encontró resonancia en la literatura, especialmente en aquellas obras que exploran lo introspectivo, lo onírico o lo límite entre lo real y lo fantasmal. Autores como Anne Rice, en ciertos pasajes de sus novelas góticas, o incluso escritores contemporáneos del realismo mágico con inclinación a lo etéreo —como Sarah Perry o incluso los cuentos de Angela Carter— parecen compartir esa misma atmósfera: una belleza triste, envuelta en velos, donde lo no dicho pesa más que lo explícito. La narrativa influenciada por este sonido suele rehuir del ritmo acelerado, prefiriendo el suspenso emocional, los silencios cargados y personajes que parecen flotar entre dos mundos.
En el cine, su huella es más sutil pero igualmente presente. Directores como Peter Weir en Picnic at Hanging Rock o más recientemente Robert Eggers en The Witch y The Lighthouse construyen ambientes donde lo sensorial y lo psicológico se funden, casi como si la banda sonora hubiera sido compuesta por guitarras bañadas en reverb y voces incorpóreas. El cinematógrafo se vuelve un aliado natural: luces difusas, paletas de color desaturadas, planos largos que permiten al espectador perderse en la textura visual, tal como uno se pierde en una canción de Cocteau Twins. Incluso en series contemporáneas con tono gótico o místico, como Penny Dreadful o Carnivàle, late una sensibilidad ethereal en la forma en que se construyen los estados emocionales de los personajes y el ambiente general.
La moda, por su parte, absorbió esa misma delicadeza sombría. En los años 80 y 90, diseñadores como Rick Owens o incluso ciertas colecciones de Alexander McQueen, sin nombrar directamente al género, incorporaron telas fluidas, transparencias, encajes desgastados y siluetas que evocaban lo incorpóreo. El look ethereal se define menos por prendas específicas y más por una actitud: ropa que no aprieta, que se mueve con el viento, que sugiere más de lo que muestra. El maquillaje, cuando existe, suele ser pálido, casi fantasmal, con ojos marcados como ventanas a un mundo interior turbulento pero silencioso. Esta estética ha resurgido en oleadas, especialmente en subculturas que mezclan lo gótico con lo romántico decimonónico, donde la vestimenta se convierte en prolongación auditiva de una canción sin letra.
Musicalmente, su influencia es vasta y profunda. El shoegaze tomó su textura y la volvió más densa, más ruidosa, pero mantuvo esa idea de envolver al oyente en una nube de sonido. Artistas como Beach House, Grouper o incluso ciertos pasajes de Björk heredaron esa capacidad de cantar sin necesidad de ser del todo entendidos, de dejar que la voz sea una textura más en el paisaje. El ethereal wave nunca fue un estilo dominante, pero su ADN se filtra en cualquier propuesta artística que prefiera el susurro a los gritos, la ambigüedad a la certeza, y la belleza que duele suavemente.
En el ethereal wave, los instrumentos nunca son solo herramientas; son extensiones de un estado de ánimo, conductos para transformar la emoción en atmósfera. La guitarra eléctrica, por ejemplo, casi nunca se usa en su forma cruda. Se la procesa, se la envuelve en capas de reverb, chorus y delay hasta que sus cuerdas dejan de sonar como metal y madera para convertirse en algo más cercano al viento o al eco de un recuerdo. Robin Guthrie de Cocteau Twins fue pionero en esta alquimia: sus riffs no marcan ritmo, sino que se expanden, se deshacen, vibran en el aire como si no quisieran aterrizar jamás.
Los sintetizadores, cuando están presentes, no buscan lo frío ni lo electrónico en sentido futurista, sino lo orgánico y difuso. Se usan con cuidado, casi con timidez, para crear bases sutiles que sostengan la voz o la guitarra sin imponerse. Modelos como el Roland Juno o el Yamaha DX7 aparecen en muchas grabaciones de la época, no para marcar melodías definidas, sino para añadir textura, humedad, como si el sonido brotara de una cueva o de un bosque al amanecer. A veces, ni siquiera se distinguen como instrumentos separados, sino que se funden en una neblina sonora continua.
La batería, si aparece, suele estar muy atenuada, lejana, como si llegara desde otra habitación. Los ritmos son lentos, casi ceremoniales, y muchas veces se reemplazan por máquinas de ritmo programadas con patrones mínimos, apenas insinuados, que no marcan el tiempo sino que lo suspenden. En muchos casos, el pulso rítmico se difumina tanto que la música parece flotar en un tiempo sin medida, sin principio ni fin claro.
El bajo, cuando se utiliza, no marca la raíz con fuerza, sino que se desliza entre las capas, a veces más como un zumbido sutil que como un instrumento definido. Su función no es anclar, sino envolver, añadir profundidad sin peso. Y por supuesto, la voz —especialmente la femenina— se convierte en el instrumento central. No se canta para narrar, sino para resonar. Se modula, se distorsiona suavemente, se duplica con armonías que no existen en la teoría tradicional, creando un lenguaje propio, casi inventado. A veces ni siquiera hay palabras, solo sonidos que vibran como campanas lejanas.
En conjunto, los instrumentos del ethereal wave no buscan virtuosismo ni claridad, sino fusión. Cada uno se sacrifica un poco para formar parte de un todo que respira, que late con suavidad, que no se explica, sino que se siente. Y en ese sacrificio reside su magia: no importa quién toca qué, sino qué se logra evocar cuando todo se desdibuja en una nube de sonido.
El ethereal wave nunca fue un fenómeno masivo, ni buscó serlo, pero su presencia se volvió un hito cultural por la forma en que redefinió lo que la música podía ser: no solo sonido, sino espacio emocional, refugio sensorial, ritual íntimo. En una época marcada por el auge del synth-pop brillante y el rock duro, este subgénero se atrevió a susurrar cuando todos gritaban, a difuminar cuando otros buscaban contornos nítidos. Su legado no se mide en ventas ni en listas, sino en la manera en que abrió puertas a una sensibilidad distinta, una que privilegia la ambigüedad, la introspección y la belleza en la fragilidad.
Culturalmente, el ethereal wave representó una forma de resistencia silenciosa. No era político en el sentido convencional, pero sí profundamente humano en su rechazo a la sobrecarga, al ruido, a la necesidad de explicarlo todo. En plena era del exceso de los 80, mientras el mundo celebraba lo llamativo y lo efímero, este movimiento musical ofrecía una alternativa: lo etéreo, lo lento, lo que no se consume, sino que se habita. Fue un oasis para quienes no se sentían representados ni por la alegría forzada del mainstream ni por la oscuridad teatral del gótico más rígido.
Su influencia se extendió más allá de la música, como una bruma que se coló en la forma de vestir, de escribir, de mirar. Inspiró a generaciones que valoran la introspección sobre la exhibición, la sutileza sobre la contundencia. En la era digital, donde todo se acelera y se fragmenta, el ethereal wave ha resurgido con nueva fuerza, no como nostalgia, sino como antídoto. Jóvenes artistas en todo el mundo vuelven a ese lenguaje sonoro para expresar lo que las palabras no alcanzan, para crear espacios donde el tiempo se dilata y el alma puede respirar.
Más que un estilo, fue —y sigue siendo— una postura estética y emocional. Un recordatorio de que no todo lo valioso necesita ser fuerte, claro o inmediato. Que a veces, lo más profundo es aquello que apenas se alcanza a oír, como un eco que viene de muy lejos, pero que, de algún modo, siempre ha estado ahí.
Es todo por hoy.
Disfruten del mix que les comparto.
Chau, BlurtMedia…
https://img.blurt.world/blurtimage/paulindstrom/a4ca48f8252d57129ab76b747cd3f5b6b6208eae.gif
By SiberiannEl ethereal wave nació a finales de los años 70 y principios de los 80 en el Reino Unido, como una evolución natural del post-punk y el dream pop incipiente, pero con una sensibilidad más introspectiva, casi onírica. Surgió en los márgenes de la escena gótica, no como una ruptura, sino como un susurro melancólico que se desprendía de sus bordes más atmosféricos. Bandas como Cocteau Twins, This Mortal Coil y, en menor medida, los primeros trabajos de Dead Can Dance, comenzaron a trazar un sonido donde las guitarras no rasgaban, sino que flotaban, envueltas en efectos de chorus, delay y reverb, creando paisajes sonoros tan densos como etéreos.
Las voces, especialmente las femeninas, se convirtieron en instrumentos más que en meros conductos de letra. Liz Fraser, con su dicción casi inventada y su timbre celestial, redefinió lo que podía expresarse sin palabras. No se trataba de contar historias, sino de evocar estados de ánimo: nostalgia, anhelo, una dulce desolación. Los sintetizadores, cuando aparecían, no buscaban lo frío o lo futurista, sino lo brumoso, como si el sonido viniera desde el fondo de un bosque neblinoso.
Con el tiempo, el género se fue diluyendo en otros movimientos, pero su espíritu persistió. Artistas contemporáneos siguen bebiendo de esa fuente: voces que parecen salir de un sueño, melodías que no se aferran sino que se desvanecen, y una producción que prioriza la emoción sobre la claridad. El ethereal wave nunca fue masivo, ni lo pretendió. Fue, y sigue siendo, música para quienes escuchan con los ojos cerrados.
El ethereal wave, aunque nacido en los márgenes de la música, extendió su bruma más allá de los vinilos y los escenarios. Su estética vaporosa y melancólica encontró resonancia en la literatura, especialmente en aquellas obras que exploran lo introspectivo, lo onírico o lo límite entre lo real y lo fantasmal. Autores como Anne Rice, en ciertos pasajes de sus novelas góticas, o incluso escritores contemporáneos del realismo mágico con inclinación a lo etéreo —como Sarah Perry o incluso los cuentos de Angela Carter— parecen compartir esa misma atmósfera: una belleza triste, envuelta en velos, donde lo no dicho pesa más que lo explícito. La narrativa influenciada por este sonido suele rehuir del ritmo acelerado, prefiriendo el suspenso emocional, los silencios cargados y personajes que parecen flotar entre dos mundos.
En el cine, su huella es más sutil pero igualmente presente. Directores como Peter Weir en Picnic at Hanging Rock o más recientemente Robert Eggers en The Witch y The Lighthouse construyen ambientes donde lo sensorial y lo psicológico se funden, casi como si la banda sonora hubiera sido compuesta por guitarras bañadas en reverb y voces incorpóreas. El cinematógrafo se vuelve un aliado natural: luces difusas, paletas de color desaturadas, planos largos que permiten al espectador perderse en la textura visual, tal como uno se pierde en una canción de Cocteau Twins. Incluso en series contemporáneas con tono gótico o místico, como Penny Dreadful o Carnivàle, late una sensibilidad ethereal en la forma en que se construyen los estados emocionales de los personajes y el ambiente general.
La moda, por su parte, absorbió esa misma delicadeza sombría. En los años 80 y 90, diseñadores como Rick Owens o incluso ciertas colecciones de Alexander McQueen, sin nombrar directamente al género, incorporaron telas fluidas, transparencias, encajes desgastados y siluetas que evocaban lo incorpóreo. El look ethereal se define menos por prendas específicas y más por una actitud: ropa que no aprieta, que se mueve con el viento, que sugiere más de lo que muestra. El maquillaje, cuando existe, suele ser pálido, casi fantasmal, con ojos marcados como ventanas a un mundo interior turbulento pero silencioso. Esta estética ha resurgido en oleadas, especialmente en subculturas que mezclan lo gótico con lo romántico decimonónico, donde la vestimenta se convierte en prolongación auditiva de una canción sin letra.
Musicalmente, su influencia es vasta y profunda. El shoegaze tomó su textura y la volvió más densa, más ruidosa, pero mantuvo esa idea de envolver al oyente en una nube de sonido. Artistas como Beach House, Grouper o incluso ciertos pasajes de Björk heredaron esa capacidad de cantar sin necesidad de ser del todo entendidos, de dejar que la voz sea una textura más en el paisaje. El ethereal wave nunca fue un estilo dominante, pero su ADN se filtra en cualquier propuesta artística que prefiera el susurro a los gritos, la ambigüedad a la certeza, y la belleza que duele suavemente.
En el ethereal wave, los instrumentos nunca son solo herramientas; son extensiones de un estado de ánimo, conductos para transformar la emoción en atmósfera. La guitarra eléctrica, por ejemplo, casi nunca se usa en su forma cruda. Se la procesa, se la envuelve en capas de reverb, chorus y delay hasta que sus cuerdas dejan de sonar como metal y madera para convertirse en algo más cercano al viento o al eco de un recuerdo. Robin Guthrie de Cocteau Twins fue pionero en esta alquimia: sus riffs no marcan ritmo, sino que se expanden, se deshacen, vibran en el aire como si no quisieran aterrizar jamás.
Los sintetizadores, cuando están presentes, no buscan lo frío ni lo electrónico en sentido futurista, sino lo orgánico y difuso. Se usan con cuidado, casi con timidez, para crear bases sutiles que sostengan la voz o la guitarra sin imponerse. Modelos como el Roland Juno o el Yamaha DX7 aparecen en muchas grabaciones de la época, no para marcar melodías definidas, sino para añadir textura, humedad, como si el sonido brotara de una cueva o de un bosque al amanecer. A veces, ni siquiera se distinguen como instrumentos separados, sino que se funden en una neblina sonora continua.
La batería, si aparece, suele estar muy atenuada, lejana, como si llegara desde otra habitación. Los ritmos son lentos, casi ceremoniales, y muchas veces se reemplazan por máquinas de ritmo programadas con patrones mínimos, apenas insinuados, que no marcan el tiempo sino que lo suspenden. En muchos casos, el pulso rítmico se difumina tanto que la música parece flotar en un tiempo sin medida, sin principio ni fin claro.
El bajo, cuando se utiliza, no marca la raíz con fuerza, sino que se desliza entre las capas, a veces más como un zumbido sutil que como un instrumento definido. Su función no es anclar, sino envolver, añadir profundidad sin peso. Y por supuesto, la voz —especialmente la femenina— se convierte en el instrumento central. No se canta para narrar, sino para resonar. Se modula, se distorsiona suavemente, se duplica con armonías que no existen en la teoría tradicional, creando un lenguaje propio, casi inventado. A veces ni siquiera hay palabras, solo sonidos que vibran como campanas lejanas.
En conjunto, los instrumentos del ethereal wave no buscan virtuosismo ni claridad, sino fusión. Cada uno se sacrifica un poco para formar parte de un todo que respira, que late con suavidad, que no se explica, sino que se siente. Y en ese sacrificio reside su magia: no importa quién toca qué, sino qué se logra evocar cuando todo se desdibuja en una nube de sonido.
El ethereal wave nunca fue un fenómeno masivo, ni buscó serlo, pero su presencia se volvió un hito cultural por la forma en que redefinió lo que la música podía ser: no solo sonido, sino espacio emocional, refugio sensorial, ritual íntimo. En una época marcada por el auge del synth-pop brillante y el rock duro, este subgénero se atrevió a susurrar cuando todos gritaban, a difuminar cuando otros buscaban contornos nítidos. Su legado no se mide en ventas ni en listas, sino en la manera en que abrió puertas a una sensibilidad distinta, una que privilegia la ambigüedad, la introspección y la belleza en la fragilidad.
Culturalmente, el ethereal wave representó una forma de resistencia silenciosa. No era político en el sentido convencional, pero sí profundamente humano en su rechazo a la sobrecarga, al ruido, a la necesidad de explicarlo todo. En plena era del exceso de los 80, mientras el mundo celebraba lo llamativo y lo efímero, este movimiento musical ofrecía una alternativa: lo etéreo, lo lento, lo que no se consume, sino que se habita. Fue un oasis para quienes no se sentían representados ni por la alegría forzada del mainstream ni por la oscuridad teatral del gótico más rígido.
Su influencia se extendió más allá de la música, como una bruma que se coló en la forma de vestir, de escribir, de mirar. Inspiró a generaciones que valoran la introspección sobre la exhibición, la sutileza sobre la contundencia. En la era digital, donde todo se acelera y se fragmenta, el ethereal wave ha resurgido con nueva fuerza, no como nostalgia, sino como antídoto. Jóvenes artistas en todo el mundo vuelven a ese lenguaje sonoro para expresar lo que las palabras no alcanzan, para crear espacios donde el tiempo se dilata y el alma puede respirar.
Más que un estilo, fue —y sigue siendo— una postura estética y emocional. Un recordatorio de que no todo lo valioso necesita ser fuerte, claro o inmediato. Que a veces, lo más profundo es aquello que apenas se alcanza a oír, como un eco que viene de muy lejos, pero que, de algún modo, siempre ha estado ahí.
Es todo por hoy.
Disfruten del mix que les comparto.
Chau, BlurtMedia…
https://img.blurt.world/blurtimage/paulindstrom/a4ca48f8252d57129ab76b747cd3f5b6b6208eae.gif