El axé nació en las calles de Salvador de Bahía, en el estado brasileño de Bahía, a finales de la década de 1980, como una explosión rítmica que mezclaba lo sagrado y lo profano, lo tradicional y lo moderno. Sus raíces se hunden profundamente en las expresiones afrobrasileñas: el samba-reggae, el ijexá, el afoxé y el frevo aportaron su pulso, mientras que el carnaval bahiano le dio escenario, voz y movimiento. En un principio, el término “axé” —palabra yoruba que significa “energía positiva” o “fuerza vital”— era usado en contextos religiosos del candomblé, pero pronto se extendió al lenguaje cotidiano y, finalmente, al nombre de este nuevo sonido festivo.
Artistas como Luiz Caldas y su banda Muzenza fueron pioneros al integrar sintetizadores, guitarras eléctricas y baterías electrónicas con ritmos locales, creando una propuesta fresca que resonaba tanto en los circuitos del carnaval como en las radios populares. Pero fue con Daniela Mercury, Ivete Sangalo y Carlinhos Brown que el axé trascendió fronteras. Sus shows vibrantes, llenos de color, percusión en vivo y coreografías contagiosas, convirtieron el género en sinónimo de alegría colectiva y resistencia cultural.
Aunque en los años 90 alcanzó su apogeo comercial —con discos vendidos por millones y giras internacionales—, también enfrentó críticas por su supuesta comercialización excesiva o falta de profundidad lírica. Sin embargo, quienes lo vivían desde adentro sabían que detrás de cada canción había una historia de identidad, orgullo negro y celebración comunitaria. Con el tiempo, el axé evolucionó, absorbiendo influencias del pop, el reggaeton e incluso el funk brasileño, pero nunca perdió su esencia carnavalesca ni su capacidad para hacer bailar a multitudes bajo el sol del Nordeste.
Hoy, aunque ya no ocupa los primeros lugares de las listas como en su época dorada, sigue latiendo en las rodas de samba, en los ensayos de los blocos y en la voz de nuevas generaciones que reinterpretan su legado sin perder el espíritu de fiesta y conexión espiritual que siempre lo definió.
El axé, más allá de ser un fenómeno estrictamente musical, se convirtió en una corriente cultural que impregnó distintas expresiones artísticas y sociales en Brasil y más allá. Su energía contagiosa y su estética vibrante no tardaron en traspasar los límites del carnaval bahiano para dejar huella en la literatura, el cine, la moda y otros géneros musicales.
En la literatura, aunque no generó un movimiento específico, su espíritu permeó obras que exploraban la identidad afrobrasileña, la vida urbana en Salvador o la experiencia del carnaval como ritual colectivo. Autores como Jorge Amado, aunque anterior al auge del axé, vieron renovado interés en sus textos gracias a la misma atmósferaña cultural que el género alimentaba: una Bahía sensual, rítmica, mística y popular. Escritores contemporáneos incorporaron el lenguaje, los códigos y hasta las letras de canciones axé en sus narrativas, capturando la cadencia del habla bahiana y la mezcla entre lo sagrado y lo festivo que caracteriza a la región.
En el cine, el axé apareció tanto como banda sonora como eje temático. Películas como Dona Flor y sus dos maridos, si bien anteriores, fueron revalorizadas en esta nueva era por su representación de la cultura bahiana, mientras que producciones posteriores, como documentales sobre el carnaval o biopics de artistas del género, pusieron en imágenes la explosión sensorial que el axé representaba. Incluso comedias y dramas urbanos utilizaron sus ritmos para subrayar escenas de celebración, conflicto o pertenencia, integrando la música como parte del paisaje emocional de los personajes.
La moda también se vio transformada. Las cantantes de axé, con sus looks coloridos, transparencias, brillos y cortes atrevidos, redefinieron la estética femenina en el entretenimiento brasileño. Ivete Sangalo, por ejemplo, no solo se volvió un ícono musical, sino también de estilo: sus vestidos holgados pero brillantes, sus accesorios étnicos y su forma de llevar el cabello natural inspiraron a millones de mujeres, especialmente en el Nordeste. Los hombres del género, por su parte, adoptaron una mezcla de elegancia tropical y desenfado callejero que reflejaba la dualidad del axé: sofisticado y popular al mismo tiempo.
En cuanto a otros estilos musicales, el axé actuó como puente entre tradiciones regionales y tendencias globales. Su fusión con el pop latino abrió caminos para colaboraciones internacionales, mientras que su base rítmica influyó en el desarrollo del pagode romántico, el sertanejo universitario e incluso en ciertas vertientes del funk carioca. Bandas de samba-reggae y grupos de percusión afrobrasileños encontraron en el axé una plataforma para ampliar su alcance sin renunciar a sus raíces. A su vez, el propio axé absorbió elementos del dance, el hip hop y más recientemente del afrobeats, demostrando una flexibilidad que le ha permitido sobrevivir más allá de las modas pasajeras.
Así, el axé dejó de ser solo un género para convertirse en una forma de sentir, vestir, narrar y bailar el mundo —una manifestación viva de la alegría combativa, la espiritualidad encarnada y la resistencia a través de la fiesta.
El sonido del axé se construye sobre una base rítmica poderosa, heredada de las tradiciones afrobrasileñas, pero amplificada y reinventada con los recursos de la música popular contemporánea. En su núcleo están los instrumentos de percusión, especialmente aquellos que provienen del samba-reggae y del candomblé: el surdo, grave y resonante, marca el pulso; el repique, ágil y brillante, añade complejidad y llamados rítmicos; y el timbau —ese tambor alargado de cuero y cuerpo de cerámica o fibra— aporta un timbre distintivo, casi vocal, que se desliza entre los compases con una cadencia hipnótica. Junto a ellos, el agogô, de origen yoruba, suena con su doble campana metálica, evocando lo sagrado incluso en medio de la fiesta más profana.
Pero el axé nunca fue purista. Desde sus inicios en los años ochenta, abrazó sin pudor los instrumentos eléctricos y electrónicos. La guitarra eléctrica, a menudo con efectos de chorus o wah-wah, traza líneas melódicas pegajosas o riffes bailables. El bajo eléctrico, grueso y sincopado, sostiene la armonía mientras dialoga con la percusión. Los teclados y sintetizadores, por su parte, fueron fundamentales para darle ese brillo ochentero y noventa que caracterizó su etapa dorada: acordes brillantes, líneas de cuerdas simuladas y efectos digitales que envolvían las voces en una atmósfera festiva y moderna.
La voz humana, claro, es también un instrumento central. Cantantes de axé no solo entonan melodías, sino que gritan, susurran, improvisan y convocan al público con frases repetidas que funcionan como mantras colectivos. Sus coros suelen ser masivos, casi litúrgicos, invitando a la participación como si cada concierto fuera una extensión del carnaval callejero.
Con el tiempo, algunos artistas incorporaron metales —trompetas, trombones, saxofones— para enriquecer los arreglos, especialmente en vivo, donde el espectáculo visual y sonoro exige capas adicionales de energía. Y aunque en estudios modernos el uso de samples y programación digital ha reemplazado en parte a los músicos en vivo, en los grandes shows el axé sigue apostando por baterías reales, cuadros de percusión numerosos y una presencia instrumental que conecta directamente con el cuerpo del público.
El axé suena como suena porque mezcla lo ancestral con lo tecnológico, lo ritual con lo comercial, lo orgánico con lo sintético. Cada instrumento, ya sea tallado en madera o generado en un chip, cumple un papel en esa danza constante entre raíz y novedad, entre el terreiro y la discoteca.
En un momento en que los medios nacionales solían centrarse en Río de Janeiro o São Paulo como epicentros de la cultura brasileña, el axé irrumpió con fuerza desde Salvador, llevando consigo no solo ritmos, sino también una estética, una actitud y una cosmovisión profundamente marcadas por la herencia africana. Fue una afirmación sonora de identidad negra, femenina y periférica en un país que aún luchaba —y sigue luchando— por reconocer plenamente su diversidad.
Su explosión coincidió con una época de apertura democrática en Brasil, tras la dictadura militar, y con un creciente interés global por las culturas afrodiásporas. El axé supo aprovechar ese momento: transformó el carnaval bahiano, antes visto como una celebración local, en un espectáculo mediático de alcance nacional e internacional. Las cantantes del género, muchas de ellas mujeres negras y poderosas, rompieron moldes en una industria dominada por hombres y por cánones estéticos eurocéntricos. Ivete Sangalo, Daniela Mercury, Margareth Menezes y otras se volvieron símbolos de empoderamiento, sensualidad sin vergüenza y liderazgo artístico, abriendo caminos que hoy recorren nuevas generaciones de artistas.
Pero más allá de los escenarios, el axé cambió la vida cotidiana. Sus canciones se volvieron himnos en fiestas familiares, en playas, en autobuses y en las calles durante todo el año, no solo en carnaval. La palabra “axé” misma entró al vocabulario popular como expresión de buen augurio, energía positiva, ánimo. Se usaba al despedirse, al saludar, al animar a alguien.
También tuvo un impacto económico y turístico innegable. Salvador se posicionó como destino obligado para quienes querían vivir la auténtica experiencia del carnaval brasileño, y el axé fue su banda sonora oficial. Hoteles, bares, trajes, accesorios, sistemas de sonido portátiles —todo giraba en torno a esa cultura festiva que el axé había masificado sin vaciarla del todo de su raíz.
Disfruten del mix que les comparto.
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