Este pasaje evangélico nos deja, al menos, dos grandes enseñanzas: la primera, es que no debemos dejarnos llevar por nuestras emociones, pues por lo general, en ese momento, nuestra cabeza no está conectada con el cerebro y podemos, como en el caso de hoy, cometer graves imprudencias que, incluso, pueden desatar graves e irreversibles consecuencias en nuestra vida y en la de los demás.
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