En el Sermón de la Montaña, Jesús proclamó las Bienaventuranzas (Mt 5,1-11). No se trató de un discurso poético, sino de una propuesta radical que traza el camino hacia la verdadera felicidad. Allí declaró dichosos a los pobres de espíritu, a los que lloran, a los mansos, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los misericordiosos, a los limpios de corazón, a los que trabajan por la paz y a los perseguidos por causa del Evangelio. Cada bienaventuranza, con su paradoja, revela que lo que el mundo desprecia, Dios lo convierte en motivo de gracia.