Las redes sociales no solo aumentan nuestra capacidad de comunicar sin dirigismos ni barreras de tiempo y espacio, sino que también dan origen a un modo de comunicación entontecedor como es el exhibicionismo digital al desatar una loca carrera por la búsqueda de los quince minutos de fama de los que habló Andy Warhol. Carrera por ver quien enseña más o quién la hace la estupidez más gorda para destacar, y cuyos adalides son los influenciadores de discurso vacío que nacen y mueren sin dejar huella, comidos por la velocidad del nuevo modelo comunicativo. Exhibición de la vida intima en la que arrastramos a otras personas, incluidos seres queridos, sin caer en la cuenta de que esa exposición pública, a veces impúdica, puede resultar cara porque lo que hoy nos parece divertido con el tiempo puede tornarse en un desprestigio de nuestra imagen pública y de nosotros mismos.