En los últimos años, el Estado mexicano se ha caracterizado por ejercer una multiplicidad de violencias, revirtiendo así lo que se supone que es su razón de ser: garantizar la seguridad de sus habitantes. Las funciones del Estado se confunden con aquello que debería combatir, ya que sus elementos de seguridad -en asociación o complicidad con el crimen organizado- producen a lo largo del territorio nacional decenas de miles de muertos, desaparecidos, culpables fabricados, ciudadanos desplazados.
En este escenario bélico, las víctimas se movilizan y accionan de diversas formas: realizando prácticas de memoria, contra-discursos, exigiendo verdad y justicia, buscando a sus seres amados. Emergen como sujetos políticos de acción, pasan del dolor a la movilización, resisten a la maquinaria violenta e inventan formas de vida distintas a esas que les tratan de imponer. En la devastación, abren rendijas que les permiten configurar sentidos en el sinsentido mismo.