Según Santo Tomás, "la virtud de la templanza nos permite gozar de los placeres sensibles de una manera ordenada y adecuada, sin desviarnos, por tanto, de nuestro fin, la verdadera Felicidad" que es Dios. La virtud de la templanza, es una de las cuatro virtudes cardinales. Con ella se alcanza el dominio propio. Tiene que estar bien aprendida por los padres, mantenida continuamente con el ejemplo y explicada con mucha paciencia a los hijos, para que les ayude a dominar los impulsos, apetitos y pasiones, a través de la voluntad.
"Las virtudes no son innatas en los hombres, ni son dones de la naturaleza humana, hay que aprender a adquirirlas, a practicarlas, a convertirlas en costumbre y terminarán convirtiéndose en hábitos" (catholic.net).