La madrugada del 2 de enero de 1959, Cuba amaneció distinta. Fulgencio Batista había huido del país horas antes, dejando atrás un poder vacío y un régimen que se desmoronaba sin defensa. La revolución, hasta entonces una promesa armada escondida en la Sierra Maestra, bajaba finalmente de las montañas para ocupar el centro de la escena.