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Según datos difundidos por la World Association of Sleep Medicine, los problemas de sueño afectan hasta al 45% de la población mundial. Es decir, casi una de cada dos personas puede tener dificultades para hacer algo tan aparentemente sencillo —y tan necesario— como dormir.
Y esto es un problema.
Dormir bien es esencial para mantener una buena salud física y mental. Sin embargo, cuando alguien empieza a tener problemas para dormir, suele buscar la solución en el lugar equivocado.
¿Debería tomar magnesio antes de acostarme? ¿Es mejor leer un libro? ¿Tengo que dejar el móvil una hora antes? ¿Qué suplemento puedo tomar para dormir?
Después de dar muchas ponencias y talleres sobre sueño, me encuentro constantemente con este tipo de preguntas. Parece que buscamos ese pequeño truco que podamos aplicar cinco minutos antes de acostarnos y que, como por arte de magia, haga que durmamos ocho horas del tirón.
Pero el sueño no funciona así.
Una buena noche de sueño no empieza cuando te metes en la cama. Empieza cuando te levantas por la mañana.
Prácticamente todo lo que haces durante el día puede contribuir, para bien o para mal, a cómo vas a dormir esa noche.
Por eso, si últimamente te preguntas por qué no duermes bien o qué puedes hacer para dormir mejor, quiero enseñarte cinco cosas a las que deberías prestar atención.
Para entender por qué no puedes dormir, primero tienes que conocer un concepto muy sencillo: la presión de sueño.
Podemos entenderla como la inclinación o necesidad que tiene tu organismo de dormir en un momento determinado.
Desde que te despiertas, esa presión va aumentando progresivamente. Uno de los mecanismos implicados es la acumulación de adenosina durante el tiempo que permanecemos despiertos. Conforme pasan las horas, aumenta la presión de sueño hasta que llega un momento en el que nuestro organismo nos pide dormir.
Seguro que alguna vez has visto a un niño pasar todo el día corriendo, jugando y saltando de un lado para otro y alguien ha dicho:
“Hoy va a coger la cama que da gusto.”
Con los adultos sucede algo parecido.
El problema es que podemos llegar a la noche sin haber generado suficiente presión de sueño. Por ejemplo, pasar demasiado tiempo en la cama o dormir durante el día puede hacer que lleguemos a nuestra hora habitual de acostarnos sin suficiente sueño.
Y entonces aparece una situación muy habitual:
Son las 23:00. Mañana tienes que madrugar. Sabes que deberías dormir, así que te metes en la cama.
Pero no tienes sueño.
Y aquí empieza el problema.
Nuestro cuerpo funciona siguiendo diferentes ritmos biológicos, y uno de los más importantes para el sueño es el ritmo circadiano.
Por eso, si un día te levantas a las 7:00, otro a las 10:00 y el fin de semana a las 12:00; comes cada día a una hora diferente y tampoco tienes ninguna regularidad a la hora de acostarte, no estás facilitándole precisamente las cosas a tu organismo.
Siempre digo medio en broma que cuanto más aburrida sea tu vida, más le gusta a tu cuerpo.
No significa que tengas que vivir siguiendo un horario militar, pero sí que cierta regularidad ayuda a que nuestro organismo pueda anticipar cuándo tiene que estar activo y cuándo tiene que prepararse para descansar.
Si quieres mejorar tu sueño, intenta mantener una cierta regularidad en tus horarios y presta especial atención a la hora a la que te levantas cada mañana.
Evidentemente, esto no siempre depende de nosotros.
Las personas que trabajan a turnos —y especialmente aquellas que tienen que trabajar durante la noche— lo tienen mucho más complicado. Pero precisamente por eso, cuando las circunstancias lo permitan, interesa mantener tanta regularidad como sea razonablemente posible.
Ahora bien, tener horarios regulares no significa que tengas que meterte en la cama y obligarte a dormir.
Porque ese es precisamente el siguiente problema.
Puede parecer contradictorio, pero una de las cosas que más puede dificultarte dormir es precisamente intentar desesperadamente quedarte dormido.
Te metes en la cama.
Cierras los ojos.
No te duermes.
Miras el reloj.
Han pasado 20 minutos.
“Como no me duerma ya, mañana voy a estar hecho polvo.”
Vuelves a cerrar los ojos.
Miras otra vez el reloj.
Y ahora estás todavía más nervioso.
No puedes esforzarte más para conseguir dormir antes. De hecho, cuanto más te obsesionas con conseguirlo, mayor puede ser tu nivel de activación y más difícil puede resultar dormir.
Por eso, si llevas un tiempo en la cama y eres incapaz de dormirte, puede ser preferible salir de la cama y hacer alguna actividad tranquila.
Puedes leer unas páginas de un libro, escuchar algo relajante, doblar ropa o hacer cualquier actividad poco estimulante, preferiblemente con poca iluminación.
Cuando vuelva a aparecer el sueño, vuelves a la cama.
Esto también tiene otra finalidad: enseñar a tu cerebro que la cama es un lugar para dormir.
Si todas las noches pasas horas despierto en ella viendo vídeos, trabajando, preocupándote o dando vueltas, estás asociando la cama con estar despierto.
Y queremos conseguir exactamente lo contrario.
La cafeína es probablemente el estimulante más integrado en nuestra vida cotidiana.
Café, té, bebidas energéticas, refrescos, suplementos preentrenamiento…
Y su funcionamiento está directamente relacionado con la presión de sueño que hemos visto antes.
La cafeína no elimina la adenosina acumulada. Lo que hace es bloquear temporalmente sus receptores y reducir la percepción de esa señal de sueño.
Dicho de una forma muy sencilla: la adenosina sigue ahí, pero la cafeína hace que tu organismo note menos sus efectos.
Fantástico si necesitas mantenerte despierto.
No tan fantástico si unas horas después quieres dormir.
Además, la cafeína no desaparece de tu organismo inmediatamente después de tomarte el café. Su vida media suele rondar aproximadamente las cinco o seis horas, aunque existe una variabilidad considerable entre personas.
Esto significa que, de forma simplificada, si consumes cierta cantidad de cafeína a las 15:00, alrededor de las 21:00 todavía podría quedar aproximadamente la mitad en tu organismo.
Y aquí aparece el clásico:
“A mí el café no me afecta. Me tomo uno y puedo dormirme perfectamente.”
Puede ser.
Existen enormes diferencias individuales en la sensibilidad y metabolización de la cafeína. Pero ser capaz de quedarse dormido después de tomar café no significa necesariamente que la cafeína haya desaparecido de tu organismo ni que no pueda influir sobre tu descanso.
Por eso, si tienes problemas para dormir, revisaría seriamente cuánta cafeína consumes y a qué hora la estás tomando.
Y si tus problemas son importantes, incluso puedes probar durante un tiempo a eliminarla y comprobar qué ocurre.
Porque también puede darse una paradoja bastante interesante:
Duermes mal → estás cansado durante el día → necesitas más café → la cafeína dificulta tu descanso → vuelves a dormir mal → necesitas otra vez café.
Y nunca sales del círculo.
Por último tenemos algo mucho más evidente, pero que frecuentemente ignoramos: el lugar en el que dormimos.
Tu dormitorio debería ponértelo fácil.
Idealmente queremos un entorno oscuro, silencioso y con una temperatura confortable tirando a fresca.
Cuanta menos luz haya, mejor. Si necesitas algo de iluminación porque estar completamente a oscuras te genera malestar, utiliza la mínima necesaria.
También conviene controlar el ruido. Si no puedes eliminarlo porque vives en una zona especialmente ruidosa, puedes probar a enmascararlo con un sonido constante que te resulte relajante.
Pero hay algo todavía más importante.
Tu dormitorio no debería convertirse en tu centro de ocio.
Televisión, ordenador, móvil, consola, trabajo…
Si utilizas la cama para ver Netflix durante dos horas, trabajar con el portátil, responder correos y navegar por las redes sociales, estás debilitando esa asociación entre meterte en la cama y dormir.
No necesitas tener un dormitorio de hotel de cinco estrellas ni gastarte miles de euros.
De hecho, para dormir probablemente te interese más todo lo que puedas quitar que todo lo que puedas añadir.
Oscuridad.
Silencio.
Una temperatura agradable.
Una cama cómoda.
Y pocas distracciones.
No necesitas mucho más.
Si tienes problemas para dormir, antes de buscar suplementos, dispositivos o trucos extraños, empieza revisando estas cinco cosas:
Nada de esto significa que solucionar estos cinco puntos vaya a curar automáticamente cualquier problema relacionado con el sueño.
Dormir mal no es necesariamente lo mismo que padecer insomnio crónico, y existen trastornos del sueño y problemas médicos que requieren una valoración adecuada.
Pero si llevas tiempo preguntándote “¿por qué no duermo?”, estos cinco puntos son un buen lugar por el que empezar.
Porque muchas veces buscamos la solución en los últimos diez minutos del día cuando el problema ha empezado 14 horas antes.
Y recuerda la idea más importante de todo este artículo:
Una buena noche de sueño no empieza cuando te metes en la cama. Empieza cuando te levantas.
Origen
¿Cómo puedes saber si realmente estás en buena forma física?
Levantar mucho peso, correr rápido o tener un porcentaje de grasa bajo pueden decirnos algunas cosas sobre tu condición física, pero ninguna de ellas nos ofrece por sí sola una imagen completa.
Además, comparar capacidades entre personas diferentes no siempre tiene demasiado sentido. Juzgar a un corredor por su press de banca sería tan absurdo como juzgar a un culturista por el tiempo que tarda en correr 10 kilómetros.
Sin embargo, existen ciertas capacidades físicas básicas relacionadas con la fuerza, el equilibrio y la funcionalidad que interesa conservar independientemente del deporte que practiques.
Y esto cobra todavía más importancia conforme cumplimos años.
Por eso, vamos a ver 5 tests físicos sencillos que puedes realizar para comprobar tu estado de forma, especialmente interesantes a partir de los 40 años.
No necesitas un laboratorio ni equipamiento sofisticado. Algunos incluso puedes hacerlos ahora mismo.
El 30-Second Chair Stand Test es una prueba utilizada para evaluar la capacidad funcional y la fuerza/resistencia del tren inferior.
El procedimiento es muy sencillo:
Tu resultado es simplemente el número de repeticiones completas que consigas.
Los valores de referencia más establecidos de este test corresponden principalmente a adultos mayores, ya que precisamente es una población en la que resulta especialmente interesante conocer la capacidad para levantarse de una silla de forma independiente.
Como objetivo práctico para una persona más joven, podemos intentar superar las 20 repeticiones en 30 segundos.
Por debajo de 15 repeticiones, especialmente en una persona relativamente joven y sin limitaciones físicas, prestaría atención al estado de su tren inferior.
No obstante, estos números deben interpretarse como referencias prácticas y no como una frontera universal entre estar o no estar en forma. La edad, la altura de la silla, la técnica y las características individuales influyen en el resultado.
La fuerza de agarre es otra característica interesante de nuestra condición física.
De hecho, existen numerosos estudios que encuentran asociaciones entre una mayor fuerza de prensión y mejores resultados de salud.
Pero esto necesita una aclaración importante.
Tener un agarre fuerte probablemente no sea en sí mismo el secreto para vivir más años.
La fuerza de agarre funciona, entre otras cosas, como un indicador sencillo de la capacidad física general. Una persona que mantiene buenos niveles de fuerza probablemente también conserve otras características asociadas a un mejor estado físico.
La manera estandarizada de medirla sería utilizar un dinamómetro de mano, que nos proporciona nuestra fuerza de prensión en kilogramos y permite compararla con valores de referencia por edad y sexo.
Pero hay una alternativa mucho más accesible que puedes probar si tienes una barra de dominadas: el dead hang.
Simplemente:
Como objetivo práctico, puedes intentar alcanzar al menos 60 segundos.
Aguantar entre uno y dos minutos representa un buen objetivo de entrenamiento, mientras que superar ampliamente los dos minutos supone una capacidad considerable para sostener tu propio peso.
Eso sí: a diferencia de la dinamometría, no disponemos de buenos valores normativos poblacionales que permitan afirmar científicamente que 60 segundos constituyen un punto de corte universal.
Además, el peso corporal influye enormemente. No es lo mismo que tus manos tengan que soportar 60 kg que 100 kg.
Precisamente por eso también podemos considerarlo una prueba sencilla de fuerza relativa: tu capacidad para controlar y sostener tu propio cuerpo.
Esta prueba parece extremadamente sencilla hasta que intentas hacerla.
Se conoce como Sitting-Rising Test (SRT) y evalúa nuestra capacidad para sentarnos en el suelo y volver a ponernos de pie utilizando el menor número posible de apoyos.
Empiezas de pie y dispones de 5 puntos para sentarte y otros 5 para levantarte.
La puntuación máxima, por tanto, es 10 puntos.
Cada vez que utilizas un apoyo adicional —por ejemplo una mano, un antebrazo o una rodilla— pierdes un punto. Una pérdida apreciable del equilibrio resta medio punto.
Podemos utilizar 8 puntos como una buena referencia, mientras que conseguir 10/10 significa realizar todo el movimiento sin apoyos adicionales ni pérdidas apreciables del equilibrio.
Lo interesante es que este test no evalúa únicamente fuerza.
Para hacerlo bien necesitas una combinación de:
Además, existen estudios observacionales que han encontrado una asociación entre puntuaciones más altas en este test y una menor mortalidad posterior en adultos de mediana edad y mayores.
Esto no significa que levantarte del suelo te haga vivir más.
Lo que probablemente ocurre es que una persona capaz de levantarse fácilmente del suelo conserva una combinación de capacidades físicas que reflejan un mejor estado funcional general.
Y eso es precisamente lo interesante del test.
El siguiente probablemente sea el más sencillo de todos.
Ponte de pie, levanta una pierna y trata de mantener el equilibrio sobre la otra.
Objetivo: 30 segundos.
Hazlo con ambas piernas.
Si puedes mantener la posición durante 30 segundos con los ojos abiertos, puedes aumentar la dificultad cerrando los ojos.
Y aquí probablemente te lleves una sorpresa.
Eliminar la información visual hace que mantener el equilibrio sea muchísimo más complicado.
Los datos publicados muestran además una reducción muy importante del tiempo que podemos mantenernos a una pierna con los ojos cerrados conforme envejecemos.
Como referencia aproximada, se han observado medias cercanas a:
Por tanto, conseguir 30 segundos con los ojos cerrados es un resultado exigente, especialmente conforme aumenta la edad.
¿Quieres hacerlo todavía más difícil?
Prueba a mantenerte sobre una pierna, con los ojos cerrados, mientras mueves lentamente la cabeza de un lado hacia otro.
Eso elimina parte de las referencias que utiliza tu sistema nervioso para mantener el equilibrio y aumenta considerablemente la dificultad.
Haz estas variantes cerca de una pared o de algún soporte estable para poder agarrarte si pierdes el equilibrio.
Finalmente tenemos el Biering-Sørensen Test, una prueba clásica para evaluar la resistencia isométrica de la musculatura extensora del tronco.
Para realizarlo necesitas una superficie en la que puedas mantener fijadas las piernas y la pelvis mientras dejas el tronco suspendido horizontalmente.
El objetivo consiste en mantener el tronco paralelo al suelo durante el máximo tiempo posible.
Aquí no estamos midiendo simplemente la fuerza máxima de la espalda, sino fundamentalmente la resistencia de los extensores del tronco.
Y es una capacidad interesante porque algunos estudios han encontrado asociaciones entre una baja resistencia de esta musculatura y la aparición posterior de dolor lumbar.
Como referencia práctica, superar aproximadamente los dos minutos supone ya un rendimiento considerable, aunque los tiempos dependen del protocolo, el sexo y las características de cada persona.
En algunos estudios los hombres capaces de mantener alrededor de tres minutos han mostrado menor incidencia posterior de dolor lumbar que quienes presentaban tiempos inferiores.
Sin embargo, conviene evitar interpretar un resultado concreto como una predicción individual: hacer menos de dos minutos no significa que vayas a desarrollar dolor de espalda, del mismo modo que superar tres minutos no garantiza que nunca vayas a tenerlo.
El dolor lumbar es multifactorial y ningún test aislado puede predecirlo con certeza.
Recapitulemos.
Estos números no deben interpretarse como fronteras médicas entre estar sano y no estarlo. Algunos proceden de pruebas con buenos datos normativos y otros son objetivos prácticos que nos permiten tener una referencia sencilla.
Lo realmente interesante es observar qué capacidades te cuesta mantener.
Porque puedes entrenar cinco días por semana y descubrir que tienes un equilibrio pésimo. Puedes levantar mucho peso pero tener dificultades para levantarte del suelo sin utilizar las manos. O puedes considerarte una persona activa y descubrir que levantarte repetidamente de una silla te cuesta mucho más de lo esperado.
Ese tipo de información sí resulta útil.
Conforme cumplimos años, el objetivo del entrenamiento no debería ser únicamente conseguir mejores números en determinados ejercicios.
También queremos conservar nuestra independencia física.
Poder levantarnos del suelo.
Mantener el equilibrio.
Aplicar fuerza.
Sostener nuestro propio peso.
Conservar una musculatura capaz de trabajar y resistir esfuerzos.
Si haces estos cinco tests y obtienes buenos resultados, probablemente estés conservando muchas de esas capacidades. Y si quieres hacer estos tests de una manera simple, esta herramienta te permite hacer algunos de ellos y valorar tus resultados.
Y si alguno se te atraganta, tampoco necesitas obsesionarte con practicar específicamente el test hasta dominarlo. El resultado simplemente puede servirte como una señal para prestar más atención a determinadas capacidades físicas.
Un buen programa de entrenamiento de fuerza, combinado con una vida físicamente activa y unos hábitos adecuados, debería ayudarte a conservarlas durante muchos años.
Si quieres aprender a entrenar siguiendo un sistema estructurado, en la Academia Fitness en la Nube te enseño paso a paso cómo organizar tu entrenamiento y mejorar tu condición física sin complicarlo innecesariamente.
Origen
Empezar a entrenar es relativamente fácil. Lo difícil es seguir entrenando cuando han pasado las primeras semanas, desaparece la novedad y empiezan a aparecer el trabajo, el cansancio, el frío o el clásico «hoy no tengo tiempo».
De hecho, uno de los mayores problemas no es encontrar el entrenamiento perfecto, sino conseguir que entrenar forme parte de tu vida durante años.
Y para lograrlo hay una idea que debes tener clara desde el principio:
El entrenamiento debe adaptarse a tu estilo de vida, no tu estilo de vida al entrenamiento.
Si constantemente empiezas a entrenar, lo dejas y meses después vuelves a empezar, probablemente no necesites más motivación. Necesitas construir un sistema que haga que ir al gimnasio sea fácil de mantener.
Cuando alguien abandona el gimnasio suele pensar que le falta fuerza de voluntad.
Pero muchas veces el problema está en cómo ha organizado el entrenamiento.
Se apunta a un gimnasio que está lejos, pretende entrenar cinco días por semana, no reserva un horario concreto, improvisa cada entrenamiento y confía en tener ganas de ir.
Es una combinación perfecta para abandonar.
La constancia mejora cuando reduces la cantidad de decisiones y obstáculos que existen entre tú y el entrenamiento.
Por eso puedes plantearte cuatro preguntas muy sencillas:
¿Cuándo voy a entrenar? ¿Dónde voy a entrenar? ¿Qué voy a hacer? ¿Por qué merece la pena hacerlo?
Vamos a responderlas.
No empieces preguntándote cuál es fisiológicamente la mejor hora para entrenar.
Empieza preguntándote:
¿A qué hora puedo entrenar de manera consistente?
Porque probablemente sea más útil un horario ligeramente menos «óptimo» que puedas cumplir todas las semanas que el horario perfecto que continuamente tengas que cambiar.
Saca tu agenda y establece previamente tus días y horas de entrenamiento. No esperes a encontrar un hueco cuando llegue el día.
Si cada martes tienes que decidir si entrenas a las 18:00, a las 19:00 o después de cenar, estás introduciendo una negociación innecesaria contigo mismo.
Haz que el entrenamiento tenga un espacio reservado igual que cualquier otra actividad importante.
Una herramienta sencilla para analizar dónde estás gastando tu tiempo es lo que podemos llamar la regla del 6.
Un día tiene 24 horas. Si reservamos aproximadamente ocho para dormir, nos quedan unas 16 horas despiertos.
Multiplica cualquier actividad que hagas durante el día por seis y obtendrás una aproximación del porcentaje de tus horas útiles que estás dedicándole.
Por ejemplo:
Esto permite poner el entrenamiento en perspectiva.
Y además no necesitas entrenar una hora todos los días.
Si realizas dos o tres entrenamientos semanales, el porcentaje de tu semana que necesitas reservar para entrenar es bastante pequeño.
Antes de concluir que no tienes tiempo para hacer ejercicio, analiza durante unos días dónde están desapareciendo realmente tus horas.
Puede que el problema no sea disponer de tiempo, sino decidir qué lugar ocupa el entrenamiento entre tus prioridades.
Uno de los errores más habituales al comenzar es ser demasiado ambicioso.
Si llevas meses sin entrenar y además el gimnasio no es precisamente tu actividad favorita, probablemente no sea buena idea empezar prometiéndote entrenar seis días por semana.
No necesitas convertirte en un apasionado del gimnasio.
Necesitas una frecuencia que puedas mantener.
Para muchas personas, dos o tres entrenamientos semanales pueden ser un punto de partida mucho más realista.
Siempre tendrás tiempo de aumentar la frecuencia más adelante.
Pero primero consigue algo mucho más importante: convertirte en alguien que entrena todas las semanas.
Tampoco existe ninguna obligación de pasar una hora y media en el gimnasio.
Cuando el tiempo disponible es limitado, puedes plantear sesiones más breves y exigentes.
Una sesión bien diseñada de unos 30-40 minutos puede ser mucho más compatible con determinadas agendas que entrenamientos interminables.
Hay un intercambio bastante sencillo:
si quieres reducir la duración del entrenamiento, tendrás que aprovechar mejor el tiempo que pasas entrenando.
Esto puede implicar seleccionar menos ejercicios, evitar tiempos muertos innecesarios y entrenar con suficiente intensidad.
El objetivo no es hacer el entrenamiento más corto por hacerlo más corto.
Es conseguir que sea lo suficientemente eficiente como para poder mantenerlo durante meses y años.
Esta posiblemente sea una de las estrategias más importantes para ser constante.
Haz que entrenar sea fácil.
Imagina estas dos situaciones.
En la primera sales del trabajo y tienes un gimnasio a cinco minutos. Vas directamente, entrenas y después vuelves a casa.
En la segunda vuelves del trabajo, conduces hasta casa, aparcas, subes, te cambias, te sientas un momento en el sofá y piensas:
«Dentro de un rato voy al gimnasio».
Ya sabemos cómo termina muchas veces la segunda historia.
Cuantos más pasos existan entre tu rutina habitual y el entrenamiento, más oportunidades tienes para decidir no hacerlo.
Por eso una estrategia especialmente útil es colocar el gimnasio inmediatamente antes o después de una actividad que ya haces todos los días, como trabajar.
Es fácil perder demasiado tiempo buscando el gimnasio perfecto.
Más máquinas.
Mejores instalaciones.
Más espacio.
Una cuota ligeramente más barata.
Pero si ese gimnasio está a veinte minutos en coche mientras tienes otro razonablemente bueno a tres minutos del trabajo, quizá estés optimizando la variable equivocada.
Cuando tu principal problema es la constancia, la comodidad importa muchísimo.
Incluso entrenar con un amigo puede terminar jugando en tu contra si para hacerlo tienes que desplazarte mucho más.
Primero elimina fricción.
Después preocúpate por los detalles.
Existe otro problema especialmente frecuente entre principiantes: ir al gimnasio sin un programa de entrenamiento.
Llegas y piensas:
«Hoy toca pecho».
Miras qué máquinas están libres, haces unos cuantos ejercicios y te marchas.
La siguiente semana haces algo diferente.
No existe una dirección clara ni sabes realmente si estás progresando.
Un programa soluciona buena parte de ese problema porque transforma una actividad ambigua en una tarea concreta.
Ya no vas al gimnasio a «hacer algo de ejercicio».
Vas a ejecutar el entrenamiento que tienes programado.
Sabes los ejercicios, el orden y qué estás intentando mejorar.
Si estás empezando y necesitas precisamente esa estructura, puedes utilizar mi Programa Lanzadera, diseñado para empezar a entrenar de una forma sencilla y progresiva.
Si has aplicado todo lo anterior, has eliminado buena parte de las decisiones que suelen sabotear la constancia.
Ya tienes:
Cuándo: dos o tres huecos concretos reservados en tu semana.
Dónde: un gimnasio que te resulta cómodo y está cerca de casa o del trabajo.
Qué: un programa previamente establecido que te dice exactamente qué hacer.
Como explico en el episodio, has creado el cuándo, dónde, qué y cómo del entrenamiento.
Pero todavía queda una pieza.
Y probablemente sea la más importante.
Es fácil pensar en el entrenamiento únicamente desde el presente.
Quieres perder unos kilos.
Ganar músculo.
Verte mejor.
Tener más fuerza.
Pero existe una perspectiva mucho más amplia.
Piensa en tu cuerpo dentro de 20 o 30 años.
Quizá hoy levantarte de una silla sea completamente trivial. Subir unas escaleras no supone ningún esfuerzo. Puedes agacharte, cargar bolsas o levantarte del suelo sin pensarlo.
El problema es que esas capacidades que hoy damos por hechas no tienen por qué acompañarnos siempre.
Por eso entrenar no consiste únicamente en mejorar el cuerpo que tienes hoy.
También consiste en preservar capacidades para el futuro.
Así que el entrenamiento de musculación puede entenderse como una inversión en tu yo futuro.
Cuando entiendes el entrenamiento desde esa perspectiva, resulta más fácil dejar de preguntarte cada día si tienes ganas de entrenar.
No necesitas encontrar el programa perfecto, entrenar seis días por semana ni organizar toda tu vida alrededor del gimnasio.
De hecho, si actualmente tienes problemas para mantener el hábito, probablemente deberías hacer justamente lo contrario.
Hazlo sencillo.
Reserva dos o tres momentos concretos cada semana. Busca un gimnasio cómodo. Reduce la duración de las sesiones si lo necesitas. Sigue un programa. Coloca el entrenamiento junto a actividades que ya forman parte de tu rutina.
Y después repítelo.
Porque el entrenamiento que mejores resultados puede darte no sirve de demasiado si lo abandonas dentro de tres semanas.
El objetivo no es conseguir entrenar mucho durante unas semanas. Es conseguir seguir entrenando dentro de unos años.
Origen
Una de las preguntas más habituales cuando alguien entra en un gimnasio es:
—¿Qué te toca hoy?
Pecho. Espalda. Brazos. Piernas. Hombros…
Nos hemos acostumbrado tanto a dividir el entrenamiento por grupos musculares que pocas veces nos planteamos si realmente necesitamos hacerlo así.
Y no digo que una rutina dividida en cinco días no funcione. Puede funcionar perfectamente. La pregunta que deberíamos hacernos es otra:
¿A qué precio?
Porque una cosa es que un entrenamiento sea eficaz y otra muy diferente que sea eficiente.
Y si puedes conseguir resultados similares entrenando menos días, haciendo menos ejercicios y generando menos fatiga, quizá no necesites complicar tanto tu rutina.
Este es uno de los conceptos más importantes a la hora de diseñar un programa de entrenamiento.
Un entrenamiento es eficaz cuando consigue el resultado que buscamos.
Si entrenas cinco o seis días por semana, haces suficientes series, te esfuerzas, progresas y mantienes el programa durante suficiente tiempo, probablemente obtendrás resultados.
Eso demuestra que funciona.
Pero no necesariamente que sea la mejor manera de conseguirlos.
La eficiencia consiste en obtener el resultado utilizando los recursos necesarios y evitando desperdiciar los que no aportan nada.
En el gimnasio esos recursos pueden ser el tiempo, la capacidad de recuperación, el estrés articular, la fatiga o incluso la motivación.
Imagina dos programas que producen resultados similares.
Uno necesita cinco días de gimnasio y el otro tres.
Uno requiere 15 ejercicios diferentes y el otro ocho.
Uno te mantiene permanentemente cansado y el otro te permite recuperarte perfectamente entre entrenamientos.
Los dos podrían ser eficaces.
Pero difícilmente podríamos decir que son igual de eficientes.
Aquí es donde empiezan mis problemas con algunas de las divisiones de entrenamiento tradicionales.
Podemos dedicar un día completo al pecho, otro a la espalda, otro a los hombros y otro a los brazos.
Pero ¿realmente necesitamos un entrenamiento entero para trabajar unos músculos cuya principal función durante nuestro entrenamiento será flexionar y extender el codo?
Probablemente no.
Dedicar una sesión completa a los brazos puede tener sentido si estás realizando una especialización de bíceps y tríceps. En ese caso existe una razón concreta para aumentar el trabajo que reciben esos músculos.
Pero una especialización implica precisamente eso: priorizar algo a costa de otra cosa.
Si aumentas considerablemente el trabajo destinado a los brazos, probablemente deberías reducir temporalmente el trabajo de otros grupos musculares.
Lo que tiene menos sentido es especializarlo todo simultáneamente.
Porque cuando todo es prioritario, nada lo es.
Existe otro problema con la idea de repartir cada músculo en un día diferente.
Tu cuerpo no funciona como un conjunto de compartimentos completamente independientes.
Después de entrenar no solamente necesitas recuperar el músculo que has trabajado. El entrenamiento también genera fatiga a nivel global.
Por eso puedes entrenar pecho el lunes y espalda el martes y, aunque sean músculos diferentes, no necesariamente llegarás al segundo entrenamiento igual de fresco que al primero.
De hecho, esta es una de las razones por las que tradicionalmente se recomienda colocar al principio de la semana el grupo muscular que quieres priorizar.
Vienes descansado y puedes dedicarle tus mejores recursos.
Pero conforme acumulas entrenamientos durante la semana, también acumulas fatiga.
Cambiar de músculo no significa empezar desde cero.
Por eso me gustan tanto las rutinas full body o de cuerpo completo.
No porque sean mágicas.
Tampoco porque todo el mundo tenga que entrenar así durante toda su vida.
Me gustan porque representan probablemente la forma más sencilla de equilibrar entrenamiento y recuperación.
Entrenas el cuerpo.
Después recuperas el cuerpo.
Y vuelves a entrenarlo.
Además, si analizamos las principales funciones musculares que queremos trabajar, descubriremos que tampoco necesitamos una cantidad absurda de ejercicios.
No necesitas hacer 400 ejercicios de glúteos.
No necesitas entrenar abdominales durante una hora.
Ni necesitas cuatro variantes prácticamente idénticas de curl de bíceps.
Una selección inteligente de aproximadamente 8-10 ejercicios puede permitirte trabajar prácticamente todo el cuerpo en una misma sesión.
Y tampoco necesitas hacer cinco series de cada uno.
En muchos casos, unas pocas series realizadas con suficiente esfuerzo son más que suficientes.
El full body tiene también sus limitaciones.
Conforme una persona avanza puede querer aumentar el volumen de determinados músculos, añadir ejercicios o prestar atención a zonas que antes no necesitaban trabajo específico.
Antebrazos, cuello, abdomen, gemelos o cualquier otro músculo al que quieras dedicar trabajo adicional.
Y llega un momento en el que intentar meterlo absolutamente todo dentro del mismo entrenamiento deja de ser práctico.
Perfecto.
Entonces dividimos.
Pero aquí está la idea importante:
Deberíamos dividir nuestra rutina porque lo necesitamos, no porque sea lo que hace todo el mundo.
Si ya no puedes colocar cómodamente todo tu entrenamiento dentro de una sesión, una de las soluciones más sencillas es dividirlo en dos.
Tenemos entonces una rutina A/B.
Cada vez que vas al gimnasio haces la mitad del programa.
Por ejemplo, una rutina torso-pierna es una rutina A/B:
Pero no necesitas utilizar necesariamente esa división.
Puedes escribir todos los músculos, movimientos o ejercicios que quieres entrenar y repartirlos inteligentemente entre dos sesiones.
El objetivo es evitar redundancias y distribuir la carga de trabajo de manera razonable.
En mi caso, esta progresión de lo sencillo a lo complejo es precisamente la que utilizo con mis alumnos.
Primero aprendemos a entrenar.
Después añadimos complejidad solamente cuando esa complejidad empieza a ser útil.
No existe un número universal.
Dependerá de tu experiencia, tus objetivos, el volumen de entrenamiento que necesites y el tiempo del que dispongas.
Pero para la población general me gusta pensar en una progresión muy sencilla:
Full body → división A/B → división en tres entrenamientos.
Para la inmensa mayoría de personas hay muchísimo recorrido dentro de estas posibilidades.
¿Puedes dividir el entrenamiento en cuatro, cinco o seis sesiones diferentes?
Por supuesto.
¿Puede funcionar?
También.
Pero antes de hacerlo deberías ser capaz de responder una pregunta:
¿Por qué necesito dividirlo tanto?
Si existe una buena razón, adelante.
Si la única respuesta es «porque siempre he entrenado así» o «porque he visto esta rutina en Internet», quizá estés añadiendo complejidad sin obtener nada a cambio.
Este es, al final, el mensaje que quiero que te lleves.
No confundas hacer más cosas con conseguir más resultados.
El objetivo de un programa de entrenamiento no debería ser llenar todos los días disponibles de la semana.
Tampoco coleccionar ejercicios.
Ni terminar cada entrenamiento completamente destruido.
El objetivo es proporcionar a tu cuerpo el estímulo que necesita para adaptarse y después darle la oportunidad de recuperarse.
Empieza por la solución más sencilla.
Si funciona, no necesitas complicarla.
Y cuando deje de ser suficiente, añade solamente la complejidad necesaria.
Porque un buen programa de entrenamiento no es el que consigue hacer más.
Es el que consigue lo necesario desperdiciando lo mínimo posible.
Origen
Hay una serie de ejercicios que tradicionalmente se han considerado imprescindibles para ganar fuerza y masa muscular: sentadilla, peso muerto, press militar, fondos, dominadas y press de banca.
Son los grandes básicos. Los ejercicios que supuestamente deberían formar parte de prácticamente cualquier rutina.
Pero que un ejercicio «funcione» no significa que sea la mejor opción disponible.
De hecho, para cada uno de estos seis ejercicios podemos encontrar alternativas que permiten trabajar el mismo músculo de una forma más directa, segura o adaptable.
En este artículo vamos a ver 6 ejercicios mejores que los ejercicios básicos tradicionales y, sobre todo, por qué puede tener sentido sustituirlos.
Antes de empezar hay que aclarar algo importante: decir que existe una alternativa mejor al peso muerto, la sentadilla o el press de banca no significa que estos ejercicios no funcionen.
Por supuesto que funcionan.
La pregunta interesante es otra:
¿Podemos conseguir el mismo estímulo utilizando un ejercicio más eficiente y sometiendo al cuerpo a menos estrés innecesario?
Para comparar ejercicios podemos fijarnos, entre otras cosas, en:
Partiendo de estos criterios, podemos revisar los seis grandes ejercicios tradicionales.
La sentadilla con barra es probablemente uno de los ejercicios más conocidos para entrenar las piernas.
Y es un buen ejercicio. El problema es que también tiene una demanda técnica relativamente elevada y su ejecución depende bastante de las proporciones corporales de cada persona.
La longitud del fémur y de la tibia, por ejemplo, puede cambiar considerablemente la forma en la que dos personas realizan una sentadilla.
Además, en una sentadilla tenemos simultáneamente extensión de rodilla y extensión de cadera, por lo que participan tanto los cuádriceps como los glúteos.
Si nuestro objetivo concreto es desarrollar los cuádriceps, tenemos alternativas más específicas.
Tanto la sentadilla hack como la sentadilla pendular o pendulum squat proporcionan un movimiento guiado y estable que permite dirigir una mayor parte del trabajo hacia los cuádriceps.
Esto reduce las exigencias de estabilización y permite concentrarnos más en producir fuerza con el músculo que queremos entrenar.
Por eso, si el objetivo es específicamente la hipertrofia de los cuádriceps, elegiría:
Sentadilla hack / pendulum > sentadilla con barra.
El peso muerto convencional tiene una característica que explica tanto su popularidad como algunas de sus limitaciones: intervienen muchísimos músculos.
Glúteos, erectores espinales, trapecios, dorsales, abdomen…
El problema aparece cuando confundimos trabajar muchos músculos simultáneamente con trabajar cada uno de ellos de manera óptima.
El peso muerto puede ser razonablemente bueno para muchas cosas sin ser necesariamente la mejor opción para ninguna de ellas.
Si queremos utilizarlo principalmente como ejercicio para la extensión de cadera y el desarrollo del glúteo, además, tenemos que considerar la participación y fatiga de otras estructuras, especialmente los erectores espinales.
Las zancadas hacia atrás permiten trabajar la extensión de cadera utilizando muchísimo menos peso total y reduciendo las demandas sobre la espalda.
Además, es un ejercicio sencillo y disponible prácticamente para cualquier persona.
Si nuestro objetivo principal es trabajar el glúteo:
Zancadas hacia atrás > peso muerto convencional.
El press militar suele utilizarse como uno de los principales ejercicios para desarrollar los hombros.
Sin embargo, el movimiento depende de disponer de suficiente movilidad para colocar correctamente los brazos sobre la cabeza y gran parte del trabajo recae sobre el deltoides anterior.
Si precisamente queremos desarrollar esa porción del hombro, podemos utilizar un movimiento que permita trabajarla sin necesidad de realizar un press completamente vertical.
Una opción muy interesante es realizar un press en banco muy inclinado, manteniendo los brazos relativamente cerca del cuerpo.
Al modificar la inclinación dejamos de necesitar la misma movilidad que exige un press completamente vertical y podemos trabajar el deltoides anterior a través de un recorrido diferente.
Puede hacerse con mancuernas, barra o incluso con una barra suiza si tenemos acceso a ella.
Por tanto:
Press inclinado > press militar, especialmente si nuestro objetivo es el deltoides anterior.
Aquí tenemos un caso especialmente interesante porque los fondos en paralelas suelen recomendarse tanto para pecho como para tríceps.
Pero son dos objetivos diferentes.
En los fondos, una parte considerable de la carga que estamos desplazando no necesariamente se convierte en resistencia útil para el tríceps.
Podemos modificar el ejercicio para aumentar el brazo de momento sobre el codo y conseguir un trabajo más directo del tríceps sin necesidad de hacer fondos usando todo nuestro peso corporal y a veces lastre añadido.
Una alternativa extremadamente sencilla y más eficiente son las flexiones diamante.
El pectoral produce, entre otras acciones, la aproximación del húmero hacia la línea media.
En unas barras paralelas, nuestras manos permanecen siempre a la misma distancia.
Las anillas, en cambio, permiten que las manos se aproximen durante el movimiento.
Por eso las flexiones en anillas son una alternativa especialmente interesante si buscamos utilizar un ejercicio con nuestro propio peso para trabajar el pecho.
Así que aquí tenemos dos sustituciones dependiendo del objetivo:
Para tríceps: flexiones diamante > fondos.
Para pecho: flexiones en anillas > fondos.
Las dominadas son probablemente el ejercicio de esta lista que menos necesidad tendría de sustituir.
Son un gran ejercicio.
Su principal problema es otro: no son accesibles para todo el mundo.
Una persona fuerte y relativamente ligera puede hacer dominadas sin demasiados problemas. Para una persona principiante, con poca fuerza o con un peso corporal elevado, la situación puede ser completamente diferente.
Podemos utilizar bandas elásticas para proporcionar asistencia, pero llega un punto en el que estamos complicando artificialmente un movimiento cuando existe una alternativa mucho más sencilla.
En unas dominadas llevamos nuestro cuerpo hacia la barra.
En un jalón al pecho llevamos la barra hacia nuestro cuerpo.
Desde el punto de vista del entrenamiento de la espalda son movimientos muy similares, pero el jalón tiene una ventaja enorme:
Podemos elegir exactamente la resistencia que necesitamos.
Esto permite que prácticamente cualquier persona pueda utilizarlo y progresar gradualmente.
Por eso, como ejercicio generalizable:
Jalón al pecho > dominadas.
Aunque si puedes hacer dominadas correctamente y te gustan, siguen siendo una excelente opción.
Terminamos con probablemente el ejercicio de gimnasio más famoso del mundo: el press de banca.
De nuevo, no estamos ante un mal ejercicio.
Pero utilizar una barra significa que nuestras manos permanecen siempre separadas a una distancia determinada. Aunque podemos intentar ejercer fuerza como si quisiéramos juntar las manos sobre la barra, físicamente estas no pueden aproximarse durante el movimiento.
Además, una máquina nos proporciona algo especialmente interesante cuando entrenamos buscando hipertrofia: estabilidad.
Un buen press de pecho en máquina elimina gran parte de las necesidades de estabilización y nos permite concentrarnos en producir fuerza.
Y si además utilizamos una máquina convergente, las manos pueden aproximarse progresivamente durante el press.
Tenemos así un movimiento estable, fácilmente progresable y muy orientado al trabajo del pectoral.
Por eso:
Press convergente en máquina > press de banca con barra.
Si repasamos las seis sustituciones propuestas tenemos:
Esto no significa que tengas que eliminar inmediatamente los seis ejercicios clásicos de tu entrenamiento.
La idea importante es otra:
no existen ejercicios obligatorios.
Que Arnold Schwarzenegger hiciera press de banca o que un culturista haga peso muerto no demuestra que ese ejercicio sea imprescindible para desarrollar masa muscular. Una persona puede obtener grandes resultados haciendo un ejercicio sin que ese ejercicio sea necesariamente la causa principal de esos resultados.
Por eso, a la hora de diseñar un entrenamiento tiene más sentido preguntarnos qué queremos conseguir con un ejercicio y después elegir la herramienta que consiga ese objetivo con la mayor eficiencia posible.
Ese cambio de enfoque es mucho más útil que dividir los ejercicios entre “básicos” y “accesorios”.
Origen
Cada vez es más habitual ver a personas de todas las edades apuntarse al gimnasio para realizar entrenamiento de fuerza. Esto es una noticia fantástica, especialmente para quienes llevamos más de una década explicando por qué levantar pesas es el mejor seguro de vida para nuestra longevidad. Sin embargo, cuando he ido recientemente a gimnasios comerciales he detectado un problema enorme: ir al gimnasio, por sí solo, no es suficiente. Es más, ir al gimnasio no sirve para absolutamente nada y hoy te voy a explicar por qué.
El mensaje sobre la importancia de la fuerza está llegando, y mucha gente, incluso de edad avanzada, está dando el paso para practicarlo. Pero hay una realidad que no se está contando: el gimnasio no es un circuito de spa.
Veo constantemente a personas pasando de una máquina a otra, mirando una rutina en un papel o en una app del móvil, simplemente cumpliendo el trámite. Aunque esto siempre será mejor que quedarse tumbado en el sofá, si realmente buscas los beneficios físicos y de salud del entrenamiento de fuerza, hacer una máquina u otra es irrelevante si no consigues una verdadera estimulación muscular.
Para que el cuerpo cambie, necesitas enviarle un mensaje claro de que debe adaptarse al estrés al que lo estás sometiendo. Esa es la palabra clave: Estrés.
No puedes terminar una serie como si estuvieras en un balneario. Si tu objetivo es hacer 15 repeticiones, al llegar a la número 12 te tiene que costar muchísimo trabajo, de modo que alcances la 15 muy justo, o incluso no llegues. Lo que no tiene ningún sentido es detenerte en la repetición 15 si sentías que podías haber hecho 25. Ese esfuerzo a medias no te aportará los beneficios que buscas.
Aunque todos seamos deportistas amateur, necesitamos adoptar una visión de entrenamiento real. Esto significa tener una planificación enfocada en la mejora del rendimiento.
Pensemos en cualquier otro deporte. Un equipo de fútbol planifica su temporada para ir mejorando gradualmente hasta alcanzar su pico de forma meses después. Un ciclista de verdad sale a «entrenar» con el objetivo de hacer una ruta en menos tiempo o llegar más lejos en el mismo tiempo; no sale simplemente a «dar un paseo» como haría alguien un domingo por la mañana.
En el gimnasio ocurre exactamente lo mismo. Si vas solo por entretenerte, socializar o sentir que bombeas sangre y eso te hace sentir bien, está muy bien, pero no estás entrenando fuerza. Estás haciendo ejercicio. Entrenar lleva implícito el deseo y la planificación para mejorar alguna cualidad.
¿Qué debemos mejorar exactamente en el entrenamiento de fuerza? Para empezar, mucha gente habla de la sobrecarga progresiva (mover cada vez más peso). Esto es excelente para los principiantes, ya que es una forma muy sencilla de medir el progreso. Si la semana pasada levantabas 10 kilos y hoy 15, estás mejorando.
Sin embargo, a medida que avanzas, levantar más peso se vuelve inviable. Nadie levanta 100 kilos en elevaciones laterales, sin importar cuántas décadas lleve entrenando. Por lo tanto, la progresión de cargas no es infinita.
Aquí es donde entra el factor innegociable: el esfuerzo orientado a extenuar el músculo. El objetivo de cada serie debe ser llegar al fallo mecánico, es decir, el punto en el que intentas levantar el peso y tu músculo simplemente ya no puede moverlo. El número de repeticiones es secundario: Solo sirve para determinar qué peso debes elegir. Ejemplo:
Existen escalas de esfuerzo como el RIR (Reps in Reserve), que te indican detenerte cuando sientes que aún podrías hacer 3 repeticiones más (RIR 3). En mi experiencia, esto es muy poco práctico. Las personas somos pésimas calculando nuestro propio esfuerzo. Los estudios demuestran que lo que un usuario percibe como un RIR 3, en la realidad puede ser un RIR 20. Por eso, mi filosofía es simple: lleva cada serie tan lejos como puedas.
Si aplicas esta intensidad y llevas cada esfuerzo al máximo que puedas, es fisiológicamente imposible entrenar los 7 días de la semana durante todo el año.
Quien entrena en «modo spa» no necesita descansar porque no genera fatiga real. Pero si entrenas de verdad, la recuperación es obligatoria. Por ello, recomiendo estructurar periodos de descanso total, como por ejemplo tomar una semana completa de descanso cada 4 meses. No es una sugerencia, es una necesidad biológica. Ningún deportista de élite rinde al 100% todo el año sin parar.
Y aquí es donde entra en juego la periodización. Como en cualquier otro deporte, tener una época para rendir al máximo y otra época para descansar (vacaciones). La idea es ir haciendo que el cuerpo tolere más y más trabajo hasta llegar a un pico, y luego tomar un descanso. Así es como lo hacemos en la academia.
El mensaje que intento transmitir, es que ir al gimnasio no sirve de nada si no te esfuerzas por ser mejor que ayer. Y cuando te esfuerzas de verdad, te das cuenta de que necesitas un plan que contemple esa mejora de rendimiento y por supuesto, que también contemple cuando es necesario parar para potenciar la recuperación. En otras palabras, es muy interesante profesionalizar el entrenamiento de fuerza, aunque ninguno seamos un deportista profesional. Pero igual que un deportista amater de cualquier otra disciplina tiene su calendario de la temporada, en el gimnasio no debería ser diferente.
Origen
En la vida, todo funciona por ciclos, y nuestro organismo no es una excepción. Solemos pensar que simplemente dormimos 8 horas y ya está, pero en realidad atravesamos una serie de ciclos nocturnos que nos permiten descansar. Lo mismo ocurre con el ciclo menstrual femenino, nuestras hormonas y hasta nuestra temperatura corporal: todo sigue un ritmo biológico.
Al entender esto, surge una pregunta importante: ¿Cómo afecta la dieta a todos estos ciclos? ¿Realmente importa si comemos en ciertos momentos del día y no en otros? Vamos a verlo.
Existen evidencias sólidas que demuestran que el cuerpo se comporta de manera muy diferente dependiendo del momento del día. Si observamos el funcionamiento natural de nuestro organismo, encontramos datos reveladores:
Toda esta biología nos indica de forma evidente que tiene mucho más sentido concentrar nuestras comidas durante el día en lugar de hacerlo por la noche.
Para respaldar estos principios biológicos, existen investigaciones muy claras sobre el impacto del reparto calórico a lo largo del día.
Un conocido estudio del año 2013 comparó dos dietas con idéntica cantidad de calorías (1400 kcals) y macronutrientes. La única diferencia fue el horario de las comidas. Ambos grupos hicieron tres comidas al día, pero las distribuyeron de forma opuesta:
Los resultados fueron contundentes. El grupo que consumió las comidas más grandes al principio del día perdió más del doble de peso (8,7 kg frente a 3,6 kg). Además, no solo mejoró la pérdida de grasa, sino que también mostraron mejores niveles de glucosa en sangre y una menor secreción de grelina, lo que se tradujo en menos sensación de hambre.
Otro estudio realizado en Murcia (España) durante una intervención de pérdida de peso de 20 semanas dividió a los participantes en dos grupos: los que hacían su comida más grande antes de las 3:00 PM y los que la hacían después. Quienes comieron antes de las 3:00 PM lograron una mayor pérdida de peso y menor resistencia a la insulina.
Posteriormente, el mismo equipo comparó los efectos de hacer esa comida principal a la 1:30 PM frente a las 4:30 PM. Como era de esperar, los que comieron a la 1:30 PM tuvieron una respuesta de glucosa mucho mejor.
Al final, la famosa regla de las abuelas de «desayunar como un rey, comer como un príncipe y cenar como un mendigo» tiene todo el respaldo científico del mundo.
Durante los últimos años se ha puesto muy de moda el ayuno intermitente, especialmente la práctica de saltarse el desayuno para ir a trabajar sin comer. Sin embargo, se ha observado que las personas que hacen esto suelen tener peores respuestas de glucemia (estudio 1, estudio 2) en las comidas posteriores, aunque es cierto que el cuerpo tiende a adaptarse si se hace de forma constante. Lo verdaderamente crucial, hagas más o menos comidas, es mantener horarios constantes.
Por otro lado, está ganando popularidad el ayuno nocturno extremo, como hacer la última comida a las 5:00 PM y no volver a comer hasta el día siguiente. Aunque biológicamente pueda parecer una buena estrategia, presenta dos grandes problemas:
Muchas personas me comentan que al intentar cenar muy temprano, les cuesta mucho más dormir debido al hambre, lo que arruina su descanso. Por eso, mi recomendación es buscar un equilibrio.
Mi enfoque consiste en hacer una cena relativamente temprana y de tamaño normal, generalmente más pequeña que la comida del mediodía, pero siempre adaptada a los requerimientos de mi plan de alimentación. No necesitas evitar los carbohidratos ni buscar alimentos milagrosos; simplemente debes comer lo que te corresponde según tus objetivos. Si necesitas estructurar tu alimentación, puedes usar el planificador nutricional para diseñar un plan a medida.
Si pasan 2 o 3 horas desde la cena hasta el momento de ir a la cama y notas que el hambre puede comprometer tu sueño, te sugiero incluir un pequeño snack antes de acostarte. Aprendí esta estrategia de Scott Abel y más tarde de Diana Swarzthbein, que en uno de sus libros explicaba las desventajas de ayunar demasiado cerca de la hora de dormir. Un snack ideal y ligero podría ser una pieza de fruta y 15-20 gramos de frutos secos, siempre y cuando esté contemplado dentro de tu plan de alimentación. Y al día siguiente ya empiezas con tu primera comida por la mañana.
Por ejemplo, en mi día a día, me levanto a las 7:00 AM, pero no desayuno hasta las 9:00 AM. Mi última comida es a las 9:00 PM. Así que, técnicamente, sin forzar ninguna «ventana de alimentación», termino haciendo un ayuno natural de 12 horas cada día. Realizo 4 comidas en horarios fijos diarios, inclinando el mayor volumen calórico hacia las horas diurnas, pero sin volverme loco tampoco. Es algo más simple de lo que puede parecer.
De nuevo, solo tienes que hacerle caso a tu abuela:
Desayuna como un rey, come como un príncipe y cena como un mendigo.
El cuerpo humano está biológicamente mejor preparado para procesar alimentos durante el día. Por la mañana, el vaciado gástrico es mayor, las células que secretan insulina son un 15% más eficientes, somos más sensibles a la insulina y la termogénesis inducida por los alimentos es superior. Cenar de forma muy abundante empeora la gestión de la glucosa y dificulta la pérdida de peso.
Si tu cena fue temprana y sientes hambre antes de dormir, es recomendable tomar un pequeño snack para evitar que el cortisol y la adrenalina se eleven e interrumpan tu sueño. Una excelente opción es tomar una pieza de fruta acompañada de 15 o 20 gramos de frutos secos, asegurándote de que estas calorías estén incluidas en tu planificación nutricional diaria.
No es tan determinante la cantidad de comidas que realices, sino la constancia en tus horarios. Tener horas fijas para comer todos los días mejora la respuesta metabólica del cuerpo, independientemente de si haces tres, cuatro o cinco comidas diarias.
Origen
Para bajar de peso, la receta parece sencilla: come menos y muévete más. Pero por alguna razón, esto no siempre funciona. A lo largo de mi experiencia, he comprobado que a muchas personas les cuesta horrores perder peso, y una de las razones principales de esta dificultad no está en su esfuerzo actual, sino que se remonta a su adolescencia.
Las estadísticas dicen que el 75% de los adolescentes con sobrepeso se convierten en adultos con sobrepeso, mientras que solo el 10% de los adolescentes en su peso ideal acaban desarrollando obesidad en la adultez.
A simple vista, la explicación parece fácil y puramente conductual: los hábitos poco saludables se trasladan de la infancia a la madurez. Sin embargo, cuando decides cambiar de comportamiento y hacer las cosas bien, te encuentras con un componente fisiológico que hace que el proceso sea mucho más difícil de lo que debería.
Cuando somos jóvenes (niños y adolescentes), nuestro cuerpo está enormemente predispuesto a acumular grasa, tanto en cantidad como en el número de células donde esta se almacena.
Estas células se llaman adipocitos. Durante estas etapas tempranas, el cuerpo genera un proceso llamado hiperplasia, lo que significa que estas células se replican a medida que engordas. Si tenías un adipocito, pasas a tener dos, luego cuatro, y así sucesivamente, porque en esa etapa el cuerpo está centrado en crear.
Lo curioso y verdaderamente problemático de este mecanismo es que esas células nuevas que se crean no se destruyen NUNCA.
Los ácidos grasos, generados por un superávit calórico (comer más de lo que tu cuerpo necesita, independientemente de si son grasas, carbohidratos o ultraprocesados), se almacenan en estos adipocitos. Cuantos más adipocitos tengas, más grasa corporal podrás acumular.
Para entenderlo mejor, estas células grasas funcionan exactamente como globos:
Puedes perder grasa corporal y desinflar esos globos, pero jamás podrás eliminarlos. Incluso en personas con obesidad severa que se someten a cirugía bariátrica (llegando a perder hasta 18 puntos de IMC, lo que equivale a quitarse de encima el peso de otro ser humano), las células grasas disminuyen radicalmente de tamaño, pero siguen siendo exactamente las mismas en número.
Tener más adipocitos no solo implica tener más espacio para almacenar grasa, sino que también afecta directamente a la leptina, la principal hormona que nos dicta la saciedad.
Para ilustrarlo, imagina que tu grasa es ropa y tus adipocitos son armarios:
Con la grasa corporal ocurre igual. Si tienes tu grasa repartida en muchos adipocitos, ninguno de ellos estará completamente lleno. La trampa fisiológica es que la leptina se segrega principalmente cuando el adipocito está más lleno.
Por tanto, a igual cantidad de grasa, la persona con más adipocitos (menos llenos) generará menos leptina, lo que se traduce en una mayor inclinación a seguir comiendo. En resumen: más adipocitos = más sitio para almacenar grasa = más apetito = más dificultad para adelgazar.
Sé que esto puede sonar pesimista. No tengo un método mágico para aniquilar las células grasas que generaste cuando eras niño y merendabas bollycaos. Yo mismo, hasta que pisé un gimnasio con 18 años, desayunaba todas las mañanas un tazón de leche con medio paquete de galletas. Nadie me explicó las consecuencias.
Esta explicación biológica no es una excusa, sino un baño de realidad. Significa que los modelos despampanantes que ves en redes sociales vendiendo sus métodos seguramente tienen una genética y un desarrollo fisiológico que no tiene nada que ver con el tuyo. Compararte con ellos y esperar verte igual es frustrante y poco realista.
La mayoría de quienes me seguís ya tenéis 30, 40 o 50 años. Evidentemente, no podemos viajar en el tiempo para cambiar lo que hicimos en el instituto. Sin embargo, muchos de vosotros sois padres o incluso abuelos. Lo que un niño hace hoy tiene consecuencias irreversibles en su adultez. Esos adipocitos que generen ahora les perseguirán toda la vida.
La mejor forma de cuidar de su salud es siendo su ejemplo. Los hijos no aprenden de los consejos, aprenden de lo que ven en casa. Si has pensado en tirar la toalla con tu propio cuerpo porque a ti te da igual si estás más gordo o más delgado, al menos hazlo por ellos. Enséñales hábitos saludables hoy para evitarles esta carga metabólica en el futuro.
Que perder peso te cueste más trabajo o más tiempo no significa que no puedas lograrlo. El déficit calórico sigue funcionando para ti. Todo el mundo puede perder grasa, desinflar esos adipocitos y alcanzar un peso correcto, manteniendo un perímetro de cintura equivalente a la mitad (o menos) de su altura, lo que se considera una proporción saludable. TODO el mundo puede llegar ahí.
Habrá gente que llegue más rápido y otra que llegue más despacio, pero esto que has aprendido hoy te debe haber servido para darte cuenta que lo importante no es lo rápido que puedas llegar, sino la trayectoria que lleves. Porque una buena trayectoria más tarde o más temprano te acercará adonde quieres ir. Cuida de tu cuerpo y tu cuerpo cuidará de ti,
Origen
Siempre se dice que lo difícil no es llegar, sino mantenerse. En mi experiencia, cuando hablamos del estado físico, esto es una realidad absoluta. La mayoría de las personas tienden a darle importancia a su cuerpo solo en momentos puntuales del año: llega el verano y quieren bajar de peso para verse bien, o termina el año y buscan limpiar los excesos de las fiestas.
Al final, esto se convierte en una bola de nieve. No solo no estás mejor cada año, sino que vas a peor. Y en el mejor de los casos, si consigues ser fiel a tu «operación bikini», esa mejora te durará lo mismo que el moreno de la playa.
Para liberarte de esta jaula y dejar de tratar tu cuerpo como un proyecto temporal de dos veces al año, voy a contarte el método exacto para mantener una buena forma física todo el año.
Básicamente, para mantener una buena forma física todo el año, lo primero que tienes que hacer es conseguirla. Pero, ¿Qué significa realmente estar en forma?
No debes compararte con los físicos irreales de las redes sociales, muchas veces sostenidos por una genética excepcional o sustancias dopantes. En la academia, utilizamos dos marcadores objetivos y estáticos para medir esto:
Para considerar que tienes una buena forma física, tu IMC óptimo debe estar por debajo de 25 y tu ICA por debajo de 50 (es decir, que tu cintura mida, como mucho, la mitad de tu altura).
Llegar a esos marcadores es, irónicamente, la parte más fácil y a la vez la más difícil. Es fácil porque cualquiera puede hacer su vida miserable durante unos meses para perder peso, pero es difícil porque mantener esa miseria a largo plazo es inviable.
Si quieres mejorar, hay una etapa inicial en la que debes sacrificar ciertas cosas y aprender a decir que no. Tienes que ser bastante estricto con tu alimentación, tus entrenamientos y tu descanso, pero especialmente tu alimentación.
En esta fase inicial, debes olvidarte de las «comidas trampa» o los caprichos de fin de semana. Tu cuerpo, si tiene un sobrepeso considerable, no gestiona los excesos igual que un metabolismo optimizado. De hecho, el efecto térmico de los alimentos (las calorías que tu cuerpo gasta en digerir) puede llegar a ser del 25% en una persona con buena forma física, frente al 10% de media en alguien con sobrepeso. Esto significa que una comida libre le supone un 15% menos de calorías netas a una persona que está forma frete a una que no lo esté y que coma exactamente lo mismo.
Una vez que has logrado optimizar tu IMC (<25) y tu ICA (<50), llega la parte divertida. Al no tener sobrepeso, reduces drásticamente el riesgo de problemas cardiovasculares, hipertensión o hipercolesterolemia, simplemente teniendo estos 2 marcadores en orden.
Ahora puedes empezar a ser más flexible. La clave está en dejar que sean tus marcadores (IMC e ICA) los que determinen cuánta flexibilidad puedes permitirte.
Imagina que tienes un IMC de 23 y un ICA de 46. Estás en un rango excelente. Empiezas a tomarte licencias: un helado, una hamburguesa, cenas fuera. Si al cabo del tiempo notas que tu ICA sube a 49, la tendencia te está avisando de que te has relajado demasiado. ¿Qué haces entonces? Reduces las comidas libres y te enfocas en ser estricto unas semanas hasta que tus marcadores vuelvan a bajar.
Este es el verdadero secreto: ir navegando entre la rigidez y la flexibilidad en función de tus marcadores. Las cosas no son estáticas; o mejoran o empeoran. Así que no puedes pretender que siempre mantengas un mismo IMC e ICA. Irán fluctuando, pero debes mantenerlos dentro de un marco que se siga considerando óptimo.
Con una buena forma física, tu cuerpo es mucho más benévolo ante los excesos. El problema es que la gente quiere comer mal y mejorar su físico al mismo tiempo, lo cual es imposible.
Una vez superada la Fase 1, puedes disfrutar con mucha más libertad. De hecho, en mi caso, cuando llegan las Navidades, aplico máxima flexibilidad. Me como los polvorones, voy a las cenas familiares y ni siquiera entreno esos días porque lo tomo como mi periodo de recuperación.
Claro que engordo, pero si empiezo la Navidad con un IMC de 23 y la termino con 26, y empiezo con un ICA de 46 y la acabo con un ICA de 52 (lo cual es una subida disparatada y exagerada), sigo estando bastante bien al terminar las navidades.
Lo fascinante es que, al volver a la rutina de entrenamiento y alimentación habitual de manera más estricta, el cuerpo tiende a lo que conoce. En un par de semanas o un mes, vuelvo a mi peso inicial sin hacer dietas detox ni cardio en ayunas ni ninguna magufada, solo siguiendo mi plan normal.
Y por eso, incluso en el «peor» de los escenarios, seguirás manteniendo una buena forma física que irás fluctuando a base de más flexibilidad o más rigidez en función de lo que necesites en cada momento, pero siempre estarás dentro de un marco óptimo.
Esto te permite disfrutar tanto de los periodos de más rigidez como de los de más flexibilidad. El problema que tiene la gente es que está pensando en el bar cuando está en el gimnasio y pensando en el gimnasio cuando está en el bar.
Se sientan a la mesa en una cena de Nochebuena y en lo que están pensando es en el trabajo que les va a costar bajar eso en enero, o en lo que van a engordar después de hacer esa comida copiosa. Es una forma terrible de vivir.
Y al mismo tiempo cuando están en el gimnasio después de llevar 2 días controlando su alimentación están pensando en la comida trampa del próximo fin de semana…
Si tratas a tu cuerpo con respeto y consigues alcanzar una buena forma física, luego solo tienes que dejar que sea la tendencia la que te diga si necesitas comer más o comer menos y por tanto, tener más flexibilidad (más comidas libres) o más rigidez (más adherencia a tu plan de alimentación).
Origen
Los hombros son una parte del cuerpo fundamental para la estética visual. Cuando están bien desarrollados, aportan una gran simetría, ensanchando la figura masculina y estilizando la femenina. Pero la mayoría de las personas cometen los mismos errores de base al entrenar esta zona, limitando sus ganancias y aumentando el riesgo de sufrir molestias.
Para solucionar esto, he recopilado cinco principios fundamentales que aplico en mis programas para construir unos deltoides fuertes, estéticos y libres de lesiones de una manera eficiente y simple.
Este es un consejo que suele chocar con las recomendaciones tradicionales, pero tiene una explicación anatómica muy clara: la mayor parte del trabajo en los presses sobre la cabeza recae en la cabeza frontal del deltoides.
Aunque se suele argumentar que variando el agarre se puede estimular la zona lateral, este estímulo es marginal. En el momento en que colocamos los brazos en posición de empuje:
Si tenemos en cuenta que en una rutina convencional ya se realizan múltiples empujes para el pectoral (press plano, inclinado, con mancuernas o en máquina), la cabeza frontal ya recibe suficiente estímulo diario. Añadir excesivos presses de hombro es redundante.
Además, los presses completamente verticales o militares suelen provocar pinzamientos y problemas en el tendón debido a la falta de movilidad. En mi experiencia, si se van a realizar presses, es preferible utilizar un banco inclinado a unos 60 o 70 grados (bajándole un punto al respaldo). Esto reduce la exigencia de movilidad y cuida la articulación sin perder efectividad.
Si hay una zona del hombro que requiere atención especial, es la porción lateral. A diferencia de las otras cabezas del deltoides (la frontal se activa con los presses de pecho y la trasera con los remos y jalones), la cabeza lateral no se trabaja de forma significativa con casi nada que no sean elevaciones laterales.
Es una realidad que en este ejercicio de aislamiento no se puede levantar tanto peso como en un press. Existe una tendencia a pensar que los ejercicios multiarticulares siempre son mejores, asociando el término a una etiqueta de calidad superior. Sin embargo, que un movimiento sea multiarticular es solo una característica; lo importante es trabajar el músculo de la manera más eficiente posible, no levantar el máximo peso absoluto.
Para maximizar el estímulo lateral minimizando las molestias, puedes aplicar estas variantes:
Para lograr un desarrollo completo a lo largo del año, es muy interesante someter al músculo a diferentes curvas de resistencia y rangos de repeticiones.
El tejido del deltoides responde extraordinariamente bien a repeticiones moderadas y altas, pero lo ideal es cubrir todo el espectro mediante una programación inteligente:
No se trata de mezclar todo en la misma sesión, sino de periodizar estos estímulos en la planificación anual para forzar una adaptación constante.
Un principio aplicable a cualquier grupo muscular, pero crítico en los deltoides, es mantener el movimiento lo más estricto posible. En los gimnasios es habitual ver elevaciones laterales donde se levantan los talones y se balancea el torso para mover más carga, restándole todo el trabajo al hombro.
Para bloquear la tentación de hacer trampas con el cuerpo, prefiero utilizar sistemas de estabilización externa:
Al eliminar el impulso de las piernas y la cadera, el aislamiento es total y el estímulo se dirige exclusivamente al deltoides lateral.
La estructura clásica de una rutina de hombro suele empezar siempre con un press pesado. Sin embargo, si el objetivo principal es desarrollar la estética de la sección lateral y posterior (que son las que habitualmente van rezagadas), esas zonas deben trabajarse al principio del entrenamiento, cuando los niveles de energía y frescura son máximos.
Por esta razón, en mis pautas suelo estructurar las sesiones colocando los presses de hombro al final. Aunque la fuerza en el press sea menor debido a la fatiga previa, el objetivo sigue siendo priorizar el desarrollo de los hombros de la manera más eficiente y para eso, las zonas del hombro más necesarias de desarrollar son la lateral y la posterior, por lo que tiene sentido que se hagan al principio, dejando los presses para el final.
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