Hace miles de años, un lago gigantesco llamado Ligustinos, formaba la bahía o golfo tartésico en las marismas del Guadalquivir y que hoy abarca Doñana. Este lago, de grandes dimensiones, conectaba el Atlántico con la propia ciudad de Sevilla. Creando aguas de navegación y ricas regiones de habitabilidad para la enigmática civilización de Tartesia. Con las últimas borrascas, este lago ha vuelto a reaparecer y la naturaleza misma ha reclamado su espacio, donde ya estuviera Tartesos. Y por supuesto, una posible relación con la Atlántida.