Durante décadas, se pensó que la Luna era completamente seca: una roca polvorienta y sin vida que orbitaba la Tierra. Pero los científicos han confirmado ahora algo extraordinario: el agua está dispersa por toda la superficie lunar. Oculta en perlas vidriosas formadas por antiguos volcanes, atrapada en cráteres sombríos e incluso adherida al suelo lunar, esta agua podría cambiar todo lo que pensábamos saber sobre nuestro vecino más cercano. Esto significa que los astronautas podrían beber un día de la propia Luna, abastecer cohetes con hielo lunar y construir bases sin tener que transportar cada gota desde la Tierra. La Luna no es solo un desierto gris; es un oasis potencial esperando ser aprovechado.
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