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Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.” — Daniel 7:13–14
Daniel no vio una metáfora. Vio un trono. No vio una alegoría política. Vio una entronización celestial.
En medio de bestias que representaban imperios feroces —Babilonia, Persia, Grecia, Roma— el profeta contempla algo que rompe el patrón: no sube otra bestia al escenario, sino “uno como Hijo de Hombre” que viene en las nubes del cielo. No emerge de la tierra como los reinos humanos; desciende del cielo con autoridad divina. Cristo es aquí claramente señalado como el verdadero Rey, cuya autoridad no depende de la voluntad de los hombres, sino del decreto eterno de Dios.
Daniel ve lo que los imperios jamás pudieron ver: el gobierno definitivo de la historia no está en manos de las bestias, sino en manos del Hijo. Y siglos después, Jesús toma este título para sí mismo sin titubeos. Ante el Sanedrín declara: “Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo” (Marcos 14:62). No estaba citando poesía. Estaba reclamando el trono de Daniel 7. La resurrección y ascensión de Cristo no fueron eventos devocionales; fueron eventos políticos cósmicos. Allí el Padre cumplió la visión de Daniel: le fue dado dominio, gloria y reino.
Mientras hoy las naciones se agrupan en bloques, los gobiernos disputan hegemonías y los líderes reclaman soberanía, el cielo no está en crisis. Las cancillerías se alteran; el trono no tiembla. Los mapas cambian; el Reino no. Los imperios que parecían eternos hoy son capítulos en libros de historia. Sus banderas están en museos. Sus himnos, olvidados. Sus monedas, piezas de colección. Pero el Reino del Hijo del Hombre sigue avanzando silencioso, invencible, inconmovible.
Porque los reinos de los hombres pasan; el Reino de Dios permanece.
Aquí está la pregunta que Daniel nos deja, que el evangelio nos confronta y que la historia nos obliga a responder: ¿Qué haremos con el Rey Jesús?
Podemos reconocer su gloria, rendirnos a su dominio y servirle con gozo… o podemos imitar a Herodes. Herodes aceptó la gloria que no era suya: “Voz de dios, y no de hombre.” “Al instante un ángel del Señor le hirió… y expiró” (Hechos 12:22–23). Quiso un reino sin recibirlo de Dios. Quiso gloria sin someterse al Rey. Quiso autoridad sin obediencia. Quiso ser bestia en lugar de siervo. Y pereció.
Daniel nos muestra que toda gloria usurpada termina en polvo, pero toda rodilla que se dobla ante el Hijo encuentra vida. Porque el final de la historia ya fue revelado: “El reino del mundo ha venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos” (Ap. 11:15).
Los noticieros hablan de geopolítica. Daniel habla de teopolítica. Los hombres discuten soberanía nacional. El cielo declara soberanía mesiánica.
Al final, cada nación, cada imperio, cada sistema y cada bandera no será sino una nota al pie en la gran historia de Dios. El único trono que permanecerá por siempre es el de Jesucristo.
By samuel hernández clementeY le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.” — Daniel 7:13–14
Daniel no vio una metáfora. Vio un trono. No vio una alegoría política. Vio una entronización celestial.
En medio de bestias que representaban imperios feroces —Babilonia, Persia, Grecia, Roma— el profeta contempla algo que rompe el patrón: no sube otra bestia al escenario, sino “uno como Hijo de Hombre” que viene en las nubes del cielo. No emerge de la tierra como los reinos humanos; desciende del cielo con autoridad divina. Cristo es aquí claramente señalado como el verdadero Rey, cuya autoridad no depende de la voluntad de los hombres, sino del decreto eterno de Dios.
Daniel ve lo que los imperios jamás pudieron ver: el gobierno definitivo de la historia no está en manos de las bestias, sino en manos del Hijo. Y siglos después, Jesús toma este título para sí mismo sin titubeos. Ante el Sanedrín declara: “Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo” (Marcos 14:62). No estaba citando poesía. Estaba reclamando el trono de Daniel 7. La resurrección y ascensión de Cristo no fueron eventos devocionales; fueron eventos políticos cósmicos. Allí el Padre cumplió la visión de Daniel: le fue dado dominio, gloria y reino.
Mientras hoy las naciones se agrupan en bloques, los gobiernos disputan hegemonías y los líderes reclaman soberanía, el cielo no está en crisis. Las cancillerías se alteran; el trono no tiembla. Los mapas cambian; el Reino no. Los imperios que parecían eternos hoy son capítulos en libros de historia. Sus banderas están en museos. Sus himnos, olvidados. Sus monedas, piezas de colección. Pero el Reino del Hijo del Hombre sigue avanzando silencioso, invencible, inconmovible.
Porque los reinos de los hombres pasan; el Reino de Dios permanece.
Aquí está la pregunta que Daniel nos deja, que el evangelio nos confronta y que la historia nos obliga a responder: ¿Qué haremos con el Rey Jesús?
Podemos reconocer su gloria, rendirnos a su dominio y servirle con gozo… o podemos imitar a Herodes. Herodes aceptó la gloria que no era suya: “Voz de dios, y no de hombre.” “Al instante un ángel del Señor le hirió… y expiró” (Hechos 12:22–23). Quiso un reino sin recibirlo de Dios. Quiso gloria sin someterse al Rey. Quiso autoridad sin obediencia. Quiso ser bestia en lugar de siervo. Y pereció.
Daniel nos muestra que toda gloria usurpada termina en polvo, pero toda rodilla que se dobla ante el Hijo encuentra vida. Porque el final de la historia ya fue revelado: “El reino del mundo ha venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos” (Ap. 11:15).
Los noticieros hablan de geopolítica. Daniel habla de teopolítica. Los hombres discuten soberanía nacional. El cielo declara soberanía mesiánica.
Al final, cada nación, cada imperio, cada sistema y cada bandera no será sino una nota al pie en la gran historia de Dios. El único trono que permanecerá por siempre es el de Jesucristo.