En «La gracia que salva y transforma», de 2 Reyes 5, vemos la gracia soberana de Dios obrando en la vida de Naamán, un poderoso comandante sirio afligido por la lepra. A través de la purificación de Naamán, se nos recuerda la purificación mayor que todo pecador necesita desesperadamente de la culpa y la corrupción del pecado. El pasaje confronta nuestro orgullo y autosuficiencia, mostrando que la salvación no se puede ganar, comprar ni alcanzar mediante el esfuerzo humano, sino que se recibe por gracia mediante la fe en el único Dios verdadero. En última instancia, este pasaje nos señala el Evangelio de Jesucristo: los pecadores espiritualmente impuros e incapaces de salvarse a sí mismos son limpiados únicamente por la gracia de Dios, únicamente por medio de Cristo, y transformados en adoradores del Dios vivo.