Ciertos dones (lenguas, profecías, milagros, sanidades) cesaron después de la era apostólica porque su propósito, el de verificar la nueva revelación de Dios, fue cumplido con el fin de la Escritura del Nuevo Testamento (Heb. 2:3-4). Dios todavía puede sanar y hacer milagros, pero ya no hay hombres dotados a hacer tales cosas. Hubo tres temporadas breves en las cuales el Señor dotó a ciertos hombres con el poder para hacer milagros (Moisés y Josué, Elías y Eliseo, Cristo y los apóstoles). Todas estas etapas estuvieron relacionadas con la dádiva de nueva revelación de parte de Dios. Ya que Cristo es la Palabra final de Dios, y tenemos su Palabra escrita y completa en el Nuevo Testamento, no hay necesidad de nueva revelación ni de los milagros que verificaron su mensaje (Heb. 1:1-2).