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El grunge no nació como un movimiento planeado, sino como una reacción visceral al exceso, al brillo artificial y a la perfección pulida que dominaba el panorama musical de finales de los 80. Surgió en las ciudades industriales del noroeste del Pacífico, especialmente en Seattle, donde el clima gris, el aislamiento geográfico y una escena musical subterránea alimentaron un sonido crudo, introspectivo y cargado de desencanto. Las bandas comenzaron a mezclar el peso del metal con la energía del punk, pero sin la agresividad nihilista de este último, incorporando en su lugar una melancolía genuina, letras sinceras y una estética deliberadamente anti-estética.
El sonido del grunge se caracterizó por guitarras distorsionadas, riffs pesados pero melódicos, cambios bruscos entre secciones suaves y explosivas, y voces que oscilaban entre el susurro vulnerable y el grito desgarrado. No buscaba impresionar con técnica, sino con autenticidad. Bandas como Mudhoney, Melvins y Green River sentaron las bases en la escena local, grabando en sellos independientes como Sub Pop, que promovió la estética "Seattle sound" con un enfoque más periodístico que comercial.
Fue a principios de los 90 cuando el fenómeno trascendió las fronteras del underground. Nirvana, con Nevermind en 1991, irrumpió en la corriente principal con "Smells Like Teen Spirit", una canción que encapsulaba la apatía, la confusión y el deseo de pertenencia de una generación etiquetada como "Gen X".
Sin embargo, el éxito masivo fue también su condena. Lo que comenzó como una expresión auténtica de frustración y alienación fue rápidamente absorbido por la industria, comercializado y replicado hasta la extenuación. La prensa acuñó términos como "grunge fashion", y lo que era ropa de segunda mano y botas de trabajo se convirtió en tendencia global. Mientras tanto, muchos de los músicos que dieron vida al movimiento luchaban con las presiones del estrellato, la salud mental y las adicciones. La muerte de Kurt Cobain en 1994 marcó un punto de inflexión, no solo para Nirvana, sino para todo el género, que perdió parte de su impulso creativo y emocional.
Aquí algunos ejemplos de grunge explicados, en caso de que no tengan ni idea de cómo suena el ritmo.
https://youtu.be/RzhsnIuX6rw?feature=shared
La estética y el espíritu del grunge trascendieron rápidamente el ámbito musical, infiltrándose en la literatura, el cine, la moda y otros terrenos artísticos con una intensidad que reflejaba su raíz cultural. En la literatura, surgieron voces que capturaron el mismo desencanto y la introspección melancólica que caracterizaban al sonido de Seattle. Autores como Douglas Coupland, con Generación X, o Bret Easton Ellis, aunque más cercano al nihilismo urbano, reflejaron una juventud desconectada, escéptica ante el éxito y desconfiada de los sueños prometidos por generaciones anteriores. La narrativa se volvió más plana, menos heroica, con personajes que flotaban entre trabajos temporales, relaciones fugaces y una búsqueda infructuosa de sentido. La prosa, al igual que las letras de las canciones grunge, evitaba el ornamento y prefería la crudeza, el detalle cotidiano, el silencio cargado de significado.
En el cine, el impacto fue evidente en la ola de cine independiente que floreció en los 90. Directores como Gus Van Sant, con My Own Private Idaho, o Richard Linklater, con Slacker y Dazed and Confused, retrataron una juventud errante, sin rumbo claro, en ciudades grises o suburbios olvidados. Sus personajes no buscaban triunfar, sino sobrevivir emocionalmente. El tono era deliberadamente antiheroico, con finales abiertos, diálogos fragmentados y una fotografía que rechazaba el glamour.
La moda fue quizás el aspecto más visible y, al mismo tiempo, más traicionado por el fenómeno. Lo que en Seattle era una expresión natural de economía, clima y actitud —camisetas de franelas anudadas a la cintura, jeans desgastados, botas Dr. Martens, pelo sin peinar— se convirtió en un producto global. Marcas como Gap y Calvin Klein lanzaron campañas imitando el estilo "descuidado", vendiendo deliberadamente ropa nueva con aspecto de usada. La ironía no pasó desapercibida: la anti-modificación se convirtió en una moda masiva. Aun así, ese despojo estético dejó huella. Rompió con la ostentación del rock de los 80 y sentó las bases para futuras corrientes que valoraban lo auténtico sobre lo pulido, influyendo incluso en movimientos posteriores como el normcore o el revival del vintage.
Musicalmente, el grunge reconfiguró el mapa del rock. Abrió el camino para el auge del rock alternativo en la radio comercial, permitiendo que bandas con sonidos menos convencionales llegaran a audiencias masivas. Pearl Jam y Soundgarden allanaron el terreno para grupos como Bush, Candlebox o Live, que, aunque más pulidos, heredaron la estructura dinámica y la intensidad emocional. El post-grunge, aunque criticado por su falta de riesgo, mantuvo la estética vocal y guitarrera del movimiento original. Más allá, el grunge influyó en el desarrollo del nu metal al combinar agresión con introspección, y hasta en ciertos sectores del indie rock, donde la vulnerabilidad emocional y la resistencia al mainstream se convirtieron en valores centrales. Hasta hoy, artistas de rock, pop y hasta hip-hop hacen referencia a ese momento, no solo por su sonido, sino por su actitud: la idea de que ser imperfecto no es un defecto, sino una forma de verdad.
En el grunge, los instrumentos no se elegían por su prestigio técnico ni por su brillo escénico, sino por su capacidad para transmitir peso, textura y emoción cruda. La guitarra eléctrica fue el eje central, generalmente del tipo de cuerpo sólido con pastillas humbucker, capaces de generar un sonido grueso, saturado y con suficiente ganancia para sostener riffs densos. Modelos como el Fender Mustang, Jaguar o el Gibson SG, a menudo en acabados desgastados o sin pulir, eran comunes no por su valor coleccionable, sino por su accesibilidad y su tono áspero, menos refinado que el de un Stratocaster o un Les Paul. La distorsión era esencial, lograda mediante pedales como el Big Muff o el Pro Co Rat, o directamente desde amplificadores de válvulas como los de marca Mesa/Boogie o vintage de marcas como Ampeg y Hiwatt, que permitían esa saturación rugosa, casi colapsada, que definía el paisaje sonoro.
Las guitarras solían estar afinadas en tonos más bajos —re, si bemol o incluso más abajo— lo que daba al sonido una sensación de arrastre, de caída controlada. Los riffs se construían con acordes de potencia simples, a menudo repetitivos, pero cargados de tensión armónica, mientras que los solos, cuando aparecían, evitaban la virtuosidad técnica en favor de frases expresivas, con mucho uso de vibrato, bends y feedback controlado. La guitarra rítmica no acompañaba, dominaba; era una pared de sonido contra la que chocaban las voces y la batería.
El bajo eléctrico, lejos de ser un mero acompañamiento rítmico, asumía un rol mucho más presente que en otros géneros del rock. Con un tono cálido pero agresivo, muchas veces con el pick para marcar ataque, el bajo reforzaba la frecuencia media, añadiendo cuerpo y definición a la masa sonora. Bajistas como Jeff Ament (Pearl Jam) o Krist Novoselic (Nirvana) usaban instrumentos como el Fender Precision o Jazz Bass, conectados a amplificadores potentes que permitían que el bajo no se perdiera en la distorsión general, sino que guiara la estructura armónica con firmeza.
La batería era otro pilar fundamental, con un enfoque más cercano al punk y al hard rock que al jazz o al funk. Los tambores tenían un sonido seco, con platillos de tamaño medio y caja con snares tensos, pero sin excesiva reverberación. La técnica no buscaba complejidad rítmica, sino contundencia y dinámica. Patrones simples, a menudo con acentos en tiempos inesperados, alternaban entre secciones lentas, casi hipnóticas, y explosiones de energía. Dave Grohl, con su potencia casi animal, o Matt Cameron, con su precisión contenida, representaban dos caras de un mismo enfoque: la batería como motor emocional, no como exhibición.
Los teclados y otros instrumentos electrónicos eran prácticamente ausentes, salvo en raras excepciones. No había lugar para sintetizadores ni arreglos orquestales; todo debía sonar humano, tangible, imperfecto. Incluso cuando se usaban efectos como reverb, delay o chorus, era con moderación, siempre al servicio del ambiente, nunca para embellecer. Hasta los micrófonos y sistemas de PA en vivo se elegían por su capacidad para soportar altos volúmenes sin limpiar demasiado el sonido.
En conjunto, los instrumentos del grunge no pretendían sonar perfectos, sino verdaderos. Eran herramientas para expresar fatiga, ira, desasosiego. Su elección y su uso estaban alineados con una ética de autenticidad: lo barato, lo usado, lo desgastado, lo funcional. Y en esa aparente simplicidad, residía su fuerza: un sonido que no necesitaba explicaciones, porque ya lo decía todo.
Es todo por hoy.
Disfruten del mix que les comparto.
Chau, BlurtMedia…
https://img.blurt.world/blurtimage/paulindstrom/a4ca48f8252d57129ab76b747cd3f5b6b6208eae.gif
By SiberiannEl grunge no nació como un movimiento planeado, sino como una reacción visceral al exceso, al brillo artificial y a la perfección pulida que dominaba el panorama musical de finales de los 80. Surgió en las ciudades industriales del noroeste del Pacífico, especialmente en Seattle, donde el clima gris, el aislamiento geográfico y una escena musical subterránea alimentaron un sonido crudo, introspectivo y cargado de desencanto. Las bandas comenzaron a mezclar el peso del metal con la energía del punk, pero sin la agresividad nihilista de este último, incorporando en su lugar una melancolía genuina, letras sinceras y una estética deliberadamente anti-estética.
El sonido del grunge se caracterizó por guitarras distorsionadas, riffs pesados pero melódicos, cambios bruscos entre secciones suaves y explosivas, y voces que oscilaban entre el susurro vulnerable y el grito desgarrado. No buscaba impresionar con técnica, sino con autenticidad. Bandas como Mudhoney, Melvins y Green River sentaron las bases en la escena local, grabando en sellos independientes como Sub Pop, que promovió la estética "Seattle sound" con un enfoque más periodístico que comercial.
Fue a principios de los 90 cuando el fenómeno trascendió las fronteras del underground. Nirvana, con Nevermind en 1991, irrumpió en la corriente principal con "Smells Like Teen Spirit", una canción que encapsulaba la apatía, la confusión y el deseo de pertenencia de una generación etiquetada como "Gen X".
Sin embargo, el éxito masivo fue también su condena. Lo que comenzó como una expresión auténtica de frustración y alienación fue rápidamente absorbido por la industria, comercializado y replicado hasta la extenuación. La prensa acuñó términos como "grunge fashion", y lo que era ropa de segunda mano y botas de trabajo se convirtió en tendencia global. Mientras tanto, muchos de los músicos que dieron vida al movimiento luchaban con las presiones del estrellato, la salud mental y las adicciones. La muerte de Kurt Cobain en 1994 marcó un punto de inflexión, no solo para Nirvana, sino para todo el género, que perdió parte de su impulso creativo y emocional.
Aquí algunos ejemplos de grunge explicados, en caso de que no tengan ni idea de cómo suena el ritmo.
https://youtu.be/RzhsnIuX6rw?feature=shared
La estética y el espíritu del grunge trascendieron rápidamente el ámbito musical, infiltrándose en la literatura, el cine, la moda y otros terrenos artísticos con una intensidad que reflejaba su raíz cultural. En la literatura, surgieron voces que capturaron el mismo desencanto y la introspección melancólica que caracterizaban al sonido de Seattle. Autores como Douglas Coupland, con Generación X, o Bret Easton Ellis, aunque más cercano al nihilismo urbano, reflejaron una juventud desconectada, escéptica ante el éxito y desconfiada de los sueños prometidos por generaciones anteriores. La narrativa se volvió más plana, menos heroica, con personajes que flotaban entre trabajos temporales, relaciones fugaces y una búsqueda infructuosa de sentido. La prosa, al igual que las letras de las canciones grunge, evitaba el ornamento y prefería la crudeza, el detalle cotidiano, el silencio cargado de significado.
En el cine, el impacto fue evidente en la ola de cine independiente que floreció en los 90. Directores como Gus Van Sant, con My Own Private Idaho, o Richard Linklater, con Slacker y Dazed and Confused, retrataron una juventud errante, sin rumbo claro, en ciudades grises o suburbios olvidados. Sus personajes no buscaban triunfar, sino sobrevivir emocionalmente. El tono era deliberadamente antiheroico, con finales abiertos, diálogos fragmentados y una fotografía que rechazaba el glamour.
La moda fue quizás el aspecto más visible y, al mismo tiempo, más traicionado por el fenómeno. Lo que en Seattle era una expresión natural de economía, clima y actitud —camisetas de franelas anudadas a la cintura, jeans desgastados, botas Dr. Martens, pelo sin peinar— se convirtió en un producto global. Marcas como Gap y Calvin Klein lanzaron campañas imitando el estilo "descuidado", vendiendo deliberadamente ropa nueva con aspecto de usada. La ironía no pasó desapercibida: la anti-modificación se convirtió en una moda masiva. Aun así, ese despojo estético dejó huella. Rompió con la ostentación del rock de los 80 y sentó las bases para futuras corrientes que valoraban lo auténtico sobre lo pulido, influyendo incluso en movimientos posteriores como el normcore o el revival del vintage.
Musicalmente, el grunge reconfiguró el mapa del rock. Abrió el camino para el auge del rock alternativo en la radio comercial, permitiendo que bandas con sonidos menos convencionales llegaran a audiencias masivas. Pearl Jam y Soundgarden allanaron el terreno para grupos como Bush, Candlebox o Live, que, aunque más pulidos, heredaron la estructura dinámica y la intensidad emocional. El post-grunge, aunque criticado por su falta de riesgo, mantuvo la estética vocal y guitarrera del movimiento original. Más allá, el grunge influyó en el desarrollo del nu metal al combinar agresión con introspección, y hasta en ciertos sectores del indie rock, donde la vulnerabilidad emocional y la resistencia al mainstream se convirtieron en valores centrales. Hasta hoy, artistas de rock, pop y hasta hip-hop hacen referencia a ese momento, no solo por su sonido, sino por su actitud: la idea de que ser imperfecto no es un defecto, sino una forma de verdad.
En el grunge, los instrumentos no se elegían por su prestigio técnico ni por su brillo escénico, sino por su capacidad para transmitir peso, textura y emoción cruda. La guitarra eléctrica fue el eje central, generalmente del tipo de cuerpo sólido con pastillas humbucker, capaces de generar un sonido grueso, saturado y con suficiente ganancia para sostener riffs densos. Modelos como el Fender Mustang, Jaguar o el Gibson SG, a menudo en acabados desgastados o sin pulir, eran comunes no por su valor coleccionable, sino por su accesibilidad y su tono áspero, menos refinado que el de un Stratocaster o un Les Paul. La distorsión era esencial, lograda mediante pedales como el Big Muff o el Pro Co Rat, o directamente desde amplificadores de válvulas como los de marca Mesa/Boogie o vintage de marcas como Ampeg y Hiwatt, que permitían esa saturación rugosa, casi colapsada, que definía el paisaje sonoro.
Las guitarras solían estar afinadas en tonos más bajos —re, si bemol o incluso más abajo— lo que daba al sonido una sensación de arrastre, de caída controlada. Los riffs se construían con acordes de potencia simples, a menudo repetitivos, pero cargados de tensión armónica, mientras que los solos, cuando aparecían, evitaban la virtuosidad técnica en favor de frases expresivas, con mucho uso de vibrato, bends y feedback controlado. La guitarra rítmica no acompañaba, dominaba; era una pared de sonido contra la que chocaban las voces y la batería.
El bajo eléctrico, lejos de ser un mero acompañamiento rítmico, asumía un rol mucho más presente que en otros géneros del rock. Con un tono cálido pero agresivo, muchas veces con el pick para marcar ataque, el bajo reforzaba la frecuencia media, añadiendo cuerpo y definición a la masa sonora. Bajistas como Jeff Ament (Pearl Jam) o Krist Novoselic (Nirvana) usaban instrumentos como el Fender Precision o Jazz Bass, conectados a amplificadores potentes que permitían que el bajo no se perdiera en la distorsión general, sino que guiara la estructura armónica con firmeza.
La batería era otro pilar fundamental, con un enfoque más cercano al punk y al hard rock que al jazz o al funk. Los tambores tenían un sonido seco, con platillos de tamaño medio y caja con snares tensos, pero sin excesiva reverberación. La técnica no buscaba complejidad rítmica, sino contundencia y dinámica. Patrones simples, a menudo con acentos en tiempos inesperados, alternaban entre secciones lentas, casi hipnóticas, y explosiones de energía. Dave Grohl, con su potencia casi animal, o Matt Cameron, con su precisión contenida, representaban dos caras de un mismo enfoque: la batería como motor emocional, no como exhibición.
Los teclados y otros instrumentos electrónicos eran prácticamente ausentes, salvo en raras excepciones. No había lugar para sintetizadores ni arreglos orquestales; todo debía sonar humano, tangible, imperfecto. Incluso cuando se usaban efectos como reverb, delay o chorus, era con moderación, siempre al servicio del ambiente, nunca para embellecer. Hasta los micrófonos y sistemas de PA en vivo se elegían por su capacidad para soportar altos volúmenes sin limpiar demasiado el sonido.
En conjunto, los instrumentos del grunge no pretendían sonar perfectos, sino verdaderos. Eran herramientas para expresar fatiga, ira, desasosiego. Su elección y su uso estaban alineados con una ética de autenticidad: lo barato, lo usado, lo desgastado, lo funcional. Y en esa aparente simplicidad, residía su fuerza: un sonido que no necesitaba explicaciones, porque ya lo decía todo.
Es todo por hoy.
Disfruten del mix que les comparto.
Chau, BlurtMedia…
https://img.blurt.world/blurtimage/paulindstrom/a4ca48f8252d57129ab76b747cd3f5b6b6208eae.gif