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Un valle se abría como un tapiz infinito de hierbas, surcado por ríos que descendían desde las montañas y se unían para dar frescura y fertilidad. Era un lugar donde soplaba un viento perpetuo proveniente del oriente, que acariciaba con dulzura las ramas de la majestuosa cumaca y también las del totumo.
En el corazón de aquella tierra fértil se gestó un destino que uniría fe, poder y memoria indígena, y comenzó a resonar un nombre que pronto se inscribiría en los documentos coloniales: Guarenas.
Por Leonardo Muro.
Visita https://campanariourbano.com/
By Campanario UrbanoUn valle se abría como un tapiz infinito de hierbas, surcado por ríos que descendían desde las montañas y se unían para dar frescura y fertilidad. Era un lugar donde soplaba un viento perpetuo proveniente del oriente, que acariciaba con dulzura las ramas de la majestuosa cumaca y también las del totumo.
En el corazón de aquella tierra fértil se gestó un destino que uniría fe, poder y memoria indígena, y comenzó a resonar un nombre que pronto se inscribiría en los documentos coloniales: Guarenas.
Por Leonardo Muro.
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