La frase atribuida a Lord Palmerston —“Las naciones no tienen amigos permanentes ni enemigos permanentes; solo intereses permanentes”— conserva una vigencia inquietante. Lo que fue una observación sobre la diplomacia británica del siglo XIX se ha convertido en la brújula que orienta a sus herederos en la América anglosajona. Y en estos días turbulentos, esa lógica vuelve a mostrarse sin máscaras.