Son ya tantos lloros configurando horizontes,
que los mares son más lágrimas que alegrías
uniéndose allá a lo lejos Junto a la línea encendida
que dan los amaneceres.
Son quereres de un crepúsculo entre sonrisas absurdas,
de la mano de los gritos de víboras amarillentas
por esa flor tan escasa por las curvas de la arena
que en los desiertos se esconden Inmóviles,
al arrullo de las tumbas entre los muertos
sin lápida que los cubra.
Lloran seres en los vientres, no natos por el temor
de no pasar por la puerta que los lleve hacia la vida,
lloran volcanes que sangran y abren puertas al averno,
lloran cataratas secas ya…
por los destinos de un planeta que se agota.
Y se muere la armonía de amaneceres radiantes,
la de las cuatro estaciones llevándonos a un invierno
donde desbordan los ríos y se resecan los labios
por la ausencia de los besos, de los duelos, de la asfixia,
por la sed de los pantanos mientras buscamos la gloria
por fuera de los altares.
Hoy morimos a millares por emplear mal el tiempo,
ese tiempo que golpea en un segundo tu rostro
quitándote la tersura hasta retorcer la piel,
hasta inflamar con espinas la seda de tus esquinas.
Quítate ese sudario y ponte las vestiduras
que llevan algarabías, las alas de golondrina y vuela,
vuela hacia las arenas donde el oasis te sea altivo
y te endulce ese tiempo que te queda
hasta blanquear tus sienes.
CHEMA MUÑOZ©