A nadie le gusta las demoras. Y nada disminuye el dolor que sentimos mientras los días pasan y continuamos luchando con nuestras propias esperanzas y miedos. Ya sean las horas que desequilibran nuestros planes, los días y semanas que causan incertidumbre, o los años que nos las pasamos preguntándonos si Dios alguna vez nos cumplirá Sus promesas, es de humanos sentirnos frustrados, ansiosos, y como si nuestras esperanzas estuvieran extinguiéndose dentro de nosotros.