En todas las crisis nos sentimos obligados a tomar posición sobre lo que acontece, que nos impulsa a predecir su efecto en el devenir a corto, medio y largo plazo. Predicción basada en nuestra pequeña experiencia que extrapolamos al conjunto, sin percibir que lo que nosotros vemos es un pálido reflejo de la realidad, por la creencia acientífica de que lo que nos pasa a nosotros sucede igual en todas partes. Presunción que unida al cúmulo de vaticinios de organismos, expertos y de los que lo saben todo, siempre pesimistas, amenazadores e hiperbólicos con la llegada del fin del mundo; nos sumerge en una espiral que impide ver, ese es el objetivo, que existen otras alternativas que ponen el acento en las personas y no en el capital. Que no pasa nada por endeudarse y reducir el consumismo alocado, si hacemos irreversible el fortalecimiento de los servicios públicos, la asistencia social a mayores y desfavorecidos, y el derecho a un trabajo y vivienda digna. Que no pasa nada por quebrar un tiempo la estela del crecimiento por el crecimiento que enriquece a los de siempre y genera desigualdad y cambio climático.