Iniciamos hoy la Semana Santa con la conmemoración de la entrada de Jesús en Jerusalén, la Ciudad Santa. Tal ingreso es un signo mesiánico, es decir, nos permite reconocer en Jesús al Mesías, prefigurando a la vez el ingreso de Jesús en el Reino del Padre, su Pascua San Mateo narra el ingreso del Señor montado en un asno, cumpliendo la profecía de Zacarías. Es la figura del Mesías manso y humilde que, al mismo tiempo es reconocido por el pueblo que le aclama como «Hijo de David". Ya la primera parte de la celebración es una proclamación que hacemos de Jesús como el Pastor que conduce a su pueblo a la vida plena, mediante la cruz. El relato de la Pasión según san Mateo nos permite contemplar a Jesús como el Siervo sufriente, que anuncia e inicia la donación de su vida en la Última Cena; es el Siervo sufriente traicionado por judas Iscariote, negado por Pedro y abandonado por sus discípulos. Pero no obstante ese abandono de los suyos Él no se desmorona, pues confía plenamente en el Padre, como lo muestra la oración en el huerto de Getsemaní. El Sanedrín emitirá sobre el Siervo la injusta sentencia, basada en falsos testimonios, y en esa circunstancia ominosa, Jesús acepta ser el Mesías, cuando todo pareciera desmentir el reconocimiento que hace de su identidad.