San Pablo, escribiendo a los cristianos de Roma, afirma que también los paganos han obtenido misericordia. El apóstol entendió claramente lo que nuestro Señor Jesucristo vino a proclamar, esto es, la salvación de Dios es para todos, en cuanto oferta. Dios no se rige por los estrechos cánones del judaísmo en la época de Jesús. En efecto, la convicción de los judíos de aquel momento es que sólo los judíos podían salvarse, mientras que los no judíos (paganos o gentiles) no podían acceder a la salvación divina. El episodio evangélico de hoy pone en escena a una mujer cananea, no judía, que grita suplicando a Jesús en favor de su hija. Ya ese clamor de la mujer expresa junto al amor por su hija la confianza en el poder del Señor. En esa mujer que no había recibido formal y legalmente el don de la fe que sí tenían los judíos, aparece una excelente disposición de fe en Jesús, el Mesías, a quien la mujer llama «Señor, Hijo de David», en un claro reconocimiento de fe.