Cuando se menciona la palabra hipnosis, es probable que surjan imágenes familiares: un
mago de frac con barba puntiaguda que balancea un reloj de bolsillo frente a un
voluntario extasiado; una persona que, bajo órdenes del “hipnotizador”, cacarea como
un gallo o confiesa secretos íntimos; o, en tono más esotérico, un terapeuta que conduce
a un paciente a “vidas pasadas” en el antiguo Egipto. Estas representaciones,
ampliamente difundidas por el cine, la televisión y la cultura popular, han convertido la
hipnosis en un fenómeno envuelto en misticismo, sospecha o simple entretenimiento.