No hay respeto hacia Cristo en el arte, la literatura, en la vida pública, en la persecución abierta; pero también cuando sabemos lo que Él quiere y lo aplazamos, sin leer ni venerar la Biblia, al no hacer nada real por los más necesitados.
Dejar de pecar cuesta porque el mal trae su gusto y ventajas; hacer el bien cuesta porque somos cobardes y cómodos, porque está rodeado de sufrimiento y porque tenemos necesidad de retribución.
La justicia divina trae verdadera paz, está unida a la conversión, a que descubramos que el enemigo no es el opresor sino la opresión, no es cruel sino la crueldad, no es el pecador sino el pecado.
En el Padrenuestro se cumple que la Palabra que ha venido a la tierra cae en la tierra de nuestro corazón para brotar desde ahí como oración renovada hacia la gloria del cielo.
El ayuno debe ser sincero y ha de empezar en el corazón para que no se encierre en nosotros sino que nos abra en profunda solidaridad con nuestros hermanos necesitados.