En septiembre de 2013, bajo la colina calcárea de Rising Star, en la provincia sudafricana de Gauteng —a apenas 50 kilómetros de Johannesburgo—, dos espeleólogos aficionados, Rick Hunter y Steven Tucker, se deslizaron por una grieta apenas más ancha que sus hombros. Lo que encontraron al otro lado no era un lago subterráneo ni una formación geológica exótica, sino los restos de una historia humana tan antigua como inesperada: cientos de fragmentos fósiles de un homínido hasta entonces desconocido. Eran los primeros indicios de Homo naledi, una especie que, al ser descrita dos años después, sacudiría los cimientos de la paleoantropología contemporánea.