Nuestra identidad no está definida por este mundo, sino por el Reino de Dios. Filipenses 3:20-21 nos recuerda que somos ciudadanos del cielo y que vivimos con la esperanza del regreso de Jesucristo, quien transformará nuestras vidas para siempre. Mientras esperamos ese día, somos llamados a reflejar el carácter de Cristo y a vivir con una perspectiva eterna.