El pecado a menudo nos hace creer que lo que hablamos es justo, bueno, necesario, y peor aún, nos hace sentir con el derecho de decirlo de cualquier manera. Típico del insensato es creer que porque tiene boca puede hablar, y porque tiene derechos, puede hablar lo que sea, de la manera que sea. Los creyentes, por el contrario, reconocemos humildes que aún nuestra lengua debe estar sujeta al señoría de Cristo... ¡Cuánto mal hacemos con lo que decimos... ¡y cuánta tragedia, en cómo lo decimos!