La ideología es una manera de estar en el mundo y, por tanto, presente en todas las personas, porque todos tenemos una visión de la realidad que conjugamos con nuestro deseo innato de acomodar la sociedad a lo que entendemos mejor. La ideología es por tanto a expresión más pura de la libertad que tenemos las personas para enfocar la vida bajo una inspiración religiosa refractaria a los cambios. A adscribirnos al pensamiento que considera la vida como una constante sucesión de acontecimientos en los que uno forja su identidad en pos de una mayor justicia social. O a los que desconfían de la especie humana y optan por ir a lo suyo. Si todos bebemos de una de estas tres posiciones ideológicas ante la vida, resulta infame, por hipócrita, acusar al que piensa diferente que actúa por ideología para restar crédito a su opinión bajo el supuesto falso de estar teledirigida. Ni es más libre quién se excluye del debate social con argumentos derrotistas de que nunca se llega ni se consigue nada. Todos tenemos una ideología adoptada libremente, incluso aquellos que la denuestan, aunque ni lo vean ni lo reconozcan.