La iglesia en Corinto era una iglesia con muchos dones, mucha actividad y mucho conocimiento, pero también con problemas internos serios.
No estaban fallando por falta de fe, sino por actitudes que no habían sido rendidas a Cristo. Había divisiones, comparaciones, orgullo y una manera muy humana de vivir la fe.
Por eso Pablo les recuerda algo esencial: la iglesia no es un proyecto de personas, es el templo de Dios. Y ese templo no se cuida solo con buenas intenciones, sino con vidas alineadas.