La Palabra de Dios nos enseña que, por cuanto todos hemos pecado, estamos destituidos de la gloria de Dios. El pecado no es solo una acción externa, sino una condición interna que corrompe todo nuestro ser. Ningún hombre puede, por sí mismo, alcanzar la justicia que Dios demanda. El pecado nos separa totalmente de la gloria de Dios, es decir, de Su santidad, Su presencia y Su favor. Esta destitución es absoluta, por lo cual la salvación no depende del esfuerzo humano, sino únicamente de la gracia soberana de Dios que, en Cristo, restaura lo que el pecado destruyó.