El ser humano desobedeció a Dios, y por ello merece un castigo. El castigo que Dios determinó es la separación eterna de Él. Sin embargo, por su gran amor, y sin que lo merezcamos, nos dio una segunda oportunidad para vivir con Él para siempre. El mundo vive bajo el dominio del pecado, practicando continuamente el mal y despreciando las leyes divinas. Dios es santo, puro y sin mancha; únicamente por la sangre de nuestro Señor Jesucristo tenemos libre acceso ante su trono. Todo lo recibimos por gracia, pero esa gracia no debe ser tomada como excusa para pecar. Como hijos de Dios, estamos llamados a vivir conforme a su Palabra, obedecer sus mandamientos y andar con temor reverente delante de Él.